Gran Imaginador
septiembre 21, 2021
Cine

Whiplash: El ritmo (casi) puro

En términos de promoción cinematográfica, se denomina «posicionamiento» a aquellas técnicas encaminadas a hacer que el espectador potencial de una película se forme una idea determinada sobre ella y decida verla o no en razón del placer que se figura que le puede producir. Estas técnicas tienen que ver, normalmente, con el diseño específico del cartel y de los tráilers, de tal manera que el género de la película queda perfectamente definido. No obstante, esta definición puede resultar errónea, y el filme puede quedar posicionado en un género que no se corresponde con la realidad, por lo que es posible que el espectador quede desilusionado. Este puede ser el caso de Whiplash. Y sería una pena que la película más electrizante, sobrecogedora y absorbente de los últimos años quedara desvirtuada por una ineficaz política publicitaria.

Whiplash no es una película sobre la educación, aunque los principales personajes sean un profesor castrense y un alumno ambicioso. Tampoco es una película sobre música o sobre jazz, aunque los grandes músicos del género sean constantemente mencionados. Whiplash es una película que desarrolla un conflicto. El marco educativo y la música vienen a ser ornamentos de un drama puro, en el que lo único que importa es el enfrentamiento entre Andrew Neimann (Miles Teller), el alumno de batería con ansias de grandeza, y Terence Fletcher (J.K. Simmons), el profesor psicótico que estruja los nervios y la estima de sus alumnos tanto como le permiten sus fuerzas. Pero el carácter ambicioso de uno y la vocación torturadora del otro no son lo determinante, no son el tema de la película, sino que son la condición esencial para que se produzca ese choque de trenes continuado que son los ciento diez minutos que dura. De ahí que las críticas al Óscar a Simmons por interpretar a un personaje «manido», un «sargento de hierro» de la música, parezcan erróneas: su personaje no podía ser de otra manera.

Encontramos, pues, que Whiplash es un drama puro, es conflicto en el sentido real del término, pero también en el sentido dramático, desnudo de cualquier investigación psicológica o de cualquier pretensión reflexivo-temática. La historia se justifica en la propia historia, no en los elementos trascendentes de la misma. Por supuesto, para que una propuesta así tenga éxito es necesario que el pulso del director sea firme y que su dominio del ritmo cinematográfico sea perfecto, porque es precisamente en el apartado del ritmo donde se lo juega todo. Ahora bien, ¿busca Chazelle un ritmo puro visual? No. Jean Mitry, en Estética y psicología del cine, escribía esto en referencia a la existencia del ritmo: «Por sí mismo, el ritmo visual no aporta nada. No crea nada. Dicho de otro modo, no hay ritmo puro en cine, al menos no más que en literatura. Solo hay ritmo puro en música, siendo este ritmo puro, precisamente, la música en sí».

Esta cita revela la inteligencia de la propuesta sobre la que está construida Whiplash. Al ser el ritmo visual puro imposible, el autor se apoya en el único ritmo puro, es decir, la música, para dar a su historia la agilidad que necesita. Y, por supuesto, la combinación de esa batería que aporrea frenéticamente Teller con un montaje sabio, que no da tregua en la sucesión de planos de instrumentos y de músicos, da como resultado un film de ritmo salvaje, que no da al espectador un momento de respiro. Desde el punto de vista del espectador, Whiplash es, ante todo, una experiencia, por la ferocidad con la que sus mecanismos narrativos nos atrapan. Y, créanme, merece la pena sufrir entre sus garras.

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