Gran Imaginador
enero 19, 2021
Series

True Detective 2

 

El fenómeno seriéfilo de este verano 2015 ha vuelto a ser, por segundo año consecutivo, True Detective, aunque por razones muy distintas a las del curso pasado, desgraciadamente para Nic Pizzolato. Todos los medios de comunicación, desde las grandes cabeceras hasta los más pequeños blogs, se han cebado con esta segunda temporada y con la forma en la que el creador ha puesto en escena, en cuadro y en serie este nuevo universo de Vinci. Como no podía ser de otra manera, no nos resistimos a la tentación de sumarnos a tamaño ruido y furia.

No me ha gustado la segunda temporada de True Detective, sobre todo teniendo en cuenta cómo fue la primera. Quizá sea injusto compararla de esa forma con la entrega que protagonizaron Matthew McConaughey y Woody Harrelson, pero las obras culturales, para bien o para mal, no existen en vacío y se relacionan dialécticamente con otros productos del mismo autor, del mismo género y de la misma época. Se siente, Nic. En esta segunda entrega, Pizzolato decidió eliminar todos los elementos filosóficos que impregnaban la primera y convertirla en un neonoir al uso. El relato quiere expresar vacío existencial, angustia y horror metafísico, en la línea de su Rust Cohle. Sin embargo, esta decisión es incorrecta o, mejor dicho, no ha sido correctamente llevada a cabo, y paradójicamente, al explicitar verbalmente estos conceptos en la primera temporada utilizando a Cohle y a filósofos del horror (Schoppenhauer, Nietzsche, Ligotti, Cioran), el relato se hace menos evidente que al intentarlo expresar mediante imágenes y la historia. El autor no entendió que True Detective no estaba basada en personajes poniendo caras largas y paseándose como almas en pena por el universo diegético, y la forma en la que ha puesto en escena esa angustia ha terminado por ser grosera, tosca y risible, con diálogos planos y filosofía de baratillo en boca de Vince Vaughn.

No ha ayudado tampoco la historia. Bien es cierto que en la primera temporada tampoco era la resolución del caso lo primordial, y todos lo sabíamos, pero no resultaba tan laberíntico y no estaba tan plagado de personajes irrelevantes. Pizzolato quiso volver a utilizar el recurso de presentarnos al asesino de refilón y luego volver a introducirlo al final y, aunque la jugada le salió bien con Errol Childress (en parte gracias a los buenos oficios de Cary Fukunaga), en esta temporada no es que no le haya salido bien, es que a esas alturas nos daba igual quién era el asesino y no recordábamos quién era Ben Caspere, perdidos ya entre tanta corrupción y tanto desfile de personajes viciosos. Probablemente el mayor error por parte del autor en la creación de este nuevo universo ha sido el dotarle de tensión y de fuerzas contrapuestas. El primer True Detective ponía en escena un eje Bien vs. Mal que recorría la narración, aunque solo nos diéramos cuenta en el final (la pista falsa de la que hablaba Iván de los Ríos) que, aunque no fluyese del todo bien, se integraba en el universo creado y le otorgaba, a la vez, una nueva dimensión. En esta ciudad de Vinci no hay ninguna posibilidad para el Bien y lo tenemos claro desde el principio, y tampoco hay un campeón definido, como lo eran Marty y Rust, con todas sus debilidades. De esta forma, no existe una tensión dialéctica y el constructo se derrumba.

Por otra parte, los personajes han sido la gran falla de la segunda temporada. True Detective estaba basado en una dupla de aparentes contrarios que terminaban confluyendo: Rust, estable dentro de su constante inestabilidad; Marty, inestable dentro de una estabilidad que no sabe conseguir. Pizzolato no ha encontrado un equilibrio así entre sus cuatro protagonistas, lo que ha provocado que la serie haya dado bandazos durante toda la temporada. Los personajes han resultado ser cascarones vacíos barnizados con una pátina de Rust Cohle y, exceptuando a Ray Velcoro a ratos, sus conflictos no interesan lo más mínimo. Paul Woodrough (Taylor Kitsch) está metido con calzador, Vince Vaughn no da la talla para encarnar el ascenso y caída de un tipo como Frank Semyon y Ani Bezzerides está dibujada con brocha gorda, a pesar de los esfuerzos de McAdams. El único personaje con un conflicto realmente interesante es el autodestruido Ray Velcoro que, sobre todo en la primera mitad de la temporada, es el único que salva el tipo, aunque en la escena que más actuación requería (en la que Ray se entera del error que cometió) Colin Farrel sobreactúa y emborrona el resultado. En resumen, toda la finura y la inteligencia con la que estaban escritos e interpretados los personajes de Matthew McConaughey y Woody Harrelson ha sido sustituida por un trazo gordo, esquemático y grosero.

Se ha notado también la ausencia de Cary Fukunaga, el director de todos los capítulos de la temporada anterior. El primer True Detective tenía una marcada unidad estética, y el ritmo estaba perfectamente controlado por el realizador, con el tempo pausado durante todos los capítulos y esas dos explosiones en los finales del cuarto y del octavo. Creo que la elección de distintos directores para los capítulos ha eliminado esa tensión creativa tan beneficiosa para la obra y tan útil para poner coto a Pizzolato, y el sopor de los primeros cuatro o cinco capítulos viene principalmente de ahí. La serie ha abusado también de los planos aéreos de las carreteras de California y las industrias de Vinci, de nuevo porque no se ha entendido qué era lo importante en ese tipo de planos. En la primera temporada, los planos generales ponían en escena el conflicto Bien/Mal del que hemos hablado antes, con las refinerías clavándose (como decía Maureen Ryan) en la naturaleza de Louisiana; pero, además, las tomas eran válidas estéticamente, porque integraban a los protagonistas en ellas y ejercían como plano de situación. En la nueva temporada, los planos no expresaban nada y no incluían a un personaje, por lo que pierden validez estética y, además, resultan cargantes como transición.

También es criticable el abuso de las escenas a cámara lenta estilo western. Este es un tipo de recurso que, aunque efectivo, hay que utilizar con sabiduría porque si no resulta risible, a no ser que te llames Sergio Leone. En una temporada de ocho capítulos, nos encontramos con la primera escena de bar entre Semyon y Velcoro, demasiado larga; la entrada de Velcoro en la estación antes del tiroteo o el último plano con los personajes femeninos. Son demasiados, e indican pobreza de recursos. Hay que alabar, eso sí, el trabajo de fotografía, esta vez a cargo de Nigel Bluck, ya que ha conseguido una atmósfera neonoir auténtica, con unas luces y sombras duras que articulan planos realmente bellos. También ha sido todo un descubrimiento la cantante Lera Lynn, que interpreta maravillosamente varios temas en el bar de Semyon y Velcoro.

La ventaja que tiene True Detective es que se trata de una antología, es decir, cada temporada hay una historia nueva con personajes nuevos, y en el próximo verano los responsables pueden hacer borrón y cuenta nueva. Aunque resulta preocupante la tosquedad con la que ha sido construido este último True Detective, todavía podemos dar a Nic Pizzolatto el beneficio de la duda. Será el verano que viene cuando descubriremos si nos encontramos ante un nuevo caso Wachowski o si el guionista es capaz de maravillarnos otra vez con su universo.

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