Gran Imaginador
enero 19, 2021
Series

True Detective

Los finales juegan un papel fundamental en la conclusión de la relación entre una serie y sus espectadores. La sensación que posteriormente recordará un espectador de una serie determinada (y, al final, esa sensación es lo único que importa) estará determinada en gran parte por el final de la misma. Recuerdo el desconcierto inicial ante el final de The Sopranos, y la profunda admiración tras su posterior comprensión; el gesto de afirmación con la cabeza que me sorprendí haciendo ante lo acertado del final de The Wire; la sensación de entrega absoluta ante la triste intimidad del final de Boardwalk Empire; el sentimiento de enfado ante el abrupto final de Deadwood; la sonrisa divertida mientras veía a Tito Pulo y Cesarión perderse entre la muchedumbre de Roma. Pero ninguna serie que haya visto ha tenido un final que me haya inquietado tanto filosófica e intelectualmente como el polémico cierre de la primera temporada de True Detective.

Un producto cultural, y muy especialmente un producto cultural como True Detective, establece una relación personal con cada espectador individual que lo consume, y que lo interpreta a su manera según sus condicionantes, sus gustos, su formación… De ahí las múltiples teorías, más o menos descabelladas, sobre los finales, o los futuros finales, de series como Juego de tronos, y, por supuesto, de True Detective. En las redes sociales se podían encontrar teorías de todo tipo, desde las sobrenaturales a las que acababan con la muerte de los dos detectives, o mi favorita, aquella que proponía que a la hija mayor de Marty Hart la habían violado los adoradores del Rey Amarillo. En cualquier caso, ese final tan inesperado, optimista, con ambos (anti)héroes desapareciendo del cuadro abrazados, caminando hacia lo desconocido, y con ese cielo estrellado al cual tantos significados atribuye Pizzolato, levantó una polvareda digital muy digna de la irreflexión y la nula incapacidad de tolerancia ideológica que encontramos en Twitter, Facebook o los fascinantes comentarios de Youtube.

Desde luego, el componente filosófico-metafísico de la serie es muy importante para el desarrollo e interpretación de la misma, y probablemente sea esa vocación intelectual la que haya despertado tantas pasiones entre el respetable. En mi caso, la necesidad que tenía de dotarme de un marco de interpretación de la serie, más allá de lo que yo discurrí sobre su significado, me llevó a adquirir (en una de esas circunstancias felices de la vida) un libro, True Detective. Antología de lecturas no obligatorias, editado por Errata Naturae y coordinado por Rubén Hernández e Iván de los Ríos. Este libro contiene varios textos, entre los que se incluyen una entrevista en profundidad a Nic Pizzolato, un ensayo de De los Ríos sobre el significado filosófico de True Detective y una selección de fragmentos a los que la serie, en su riquísima intertextualidad, hace referencia: Roberto Bolaño, H.P. Lovecraft, Ambrose Bierce, Robert William Chambers, Arthur Schoppenhauer, Friedrich Nietzsche, Dashiell Hammett… Así pues, basándome en este libro y en otros textos, y en la idea anteriormente expuesta de que cada espectador establece su diálogo con la serie, glosaré aquí cuatro visiones sobre True Detective: la de Maureen Ryan, crítica de TV del Huffington Post; la de Iván de los Ríos en el libro que comentaba más arriba, como doctor en filosofía; mi propia visión; y la del creador de la serie, Nic Pizzolatto.

True Detective según Maureen Ryan

La crítica de TV para el Huffington Post expone su visión sobre la serie en True Detective: Flat Circles and the Eternal Search of Meaning y en True Detective: Finale Highs and Lows. Aunque la autora considera los elementos filosóficos de la serie algo presuntuosos, establece un marco de interpretación del mundo de True Detective como el de un mundo en el que a lucha entre el Bien y el Mal es encarnizada y en el que el Mal, en general, va ganando. Es un mundo caído, representado visualmente por las factorías, las refinerías y los asentamientos del pantano, que clavan sus garras en la exuberante naturaleza de Louisiana. Y, por supuesto, la abyección moral de los Childress y los Tuttle son el resultado de esa predominio de la oscuridad.

No obstante, dentro de ese marco general, lo que Maureen Ryan propone es que True Detective es una historia sobre humanos, en concreto, sobre dos humanos: Marty Hart y Rust Cohle. Y se basa para ello en los dos momentos interpretativos más brillantes de los últimos tiempos, es decir, la visita al hospital que le hace a Hart su familia y la confesión de Rust Cohle y su derrumbe frente a Marty. Estos son los momentos en los que, según la autora, ambos personajes dejan caer las máscaras que habían llevado durante toda la serie. Marty deja de esconder esa masculinidad doliente que le impide traer paz a su familia, y se muestra en toda su fragilidad y humanidad frente a los que quiere. Y Rust revela la hiriente necesidad de sentir el amor de su hija muerta y deja de interpretar el papel del hombre de vuelta de todo ante su único amigo, Hart. Para Maureen Ryan, el mensaje humano de la serie (que es el importante) es: «If we can´t be human around those we love, what´s the point?»

True Detective según Iván de los Ríos

En True Detective. Antología de lecturas no obligatorias, el filósofo Iván de los Ríos escribe el ensayo «Arcano es todo menos nuestro dolor», en el que reflexiona sobre la serie de Nic Pizzolatto. Para De los Ríos, en primer lugar, y a pesar de «su cuestionable final de temporada», True Detective es uno de los grandes relatos televisivos de los últimos diez años. Una novela gnóstica que se hace pasar por historia policial. Y, sobre todo, y precisamente por esto, «una sutil mentira esquizoide», gracias al despliegue de la pista falsa y el doble sentido. También es la serie un juguete, una excusa para descubrir textos e intertextos, autores como Laird Barron, Ambrose Bierce, Thomas Ligotti o Robert William Chambers. Un caso apasionante a resolver, tan apasionante como el asesinato de Dora Lange, que Nic Pizzolatto nos ha regalado gracias a su «afinado arte de la escucha de otros pensadores, escritores y artistas».

La interpretación del autor sobre la serie gira en torno a tres conceptos: el universo, la comunidad y el yo o, lo que es lo mismo, el cosmos, la ciudad y el alma. Y existe en ellos, de forma inherente e implícita, un horror primigenio, «el horror del vacío metafísico, el horror de la infancia ultrajada, el horror de la conciencia». Tres hitos: la existencia como delito, la comunidad como presa y la conciencia como condena, que emergen para intentar explicar el sentido de la existencia, del tiempo, de la verdad y, sobre todo del dolor, en contraposición con la nada. Y los conceptos de culpa y gracia, de la tradición platónico-cristiana, que unen irremisiblemente estos tres hitos con «la trayectoria hacia la luz de los dos detectives».

De forma tardía, y basándose en el código hermenéutico de Roland Barthes, De los Ríos establece tres hipótesis: la primera es que, bajo la apariencia de un relato nihilista durísimo se esconde el optimismo metafísico (la pista falsa, el doble sentido); la segunda es que la obra del chileno Roberto Bolaño se contrapone en tensión con el guion de Nic Pizzolatto; y la tercera es que la serie es un juego de espejos articulado en torno a una obsesión, a la idea misma de obsesión. Y añade, bonus track, una cuarta hipótesis: que Rust Cohle y Marty Hart son dos muertos vivientes cuya existencia y liberación depende de la resolución de un caso o, lo que es lo mismo, «la disolución de una obsesión». Y en este cóctel ideológico y metafísico, para el filósofo la originalidad en la propuesta de Pizzolatto consiste en la defensa simultánea del pesimismo metafísico y del optimismo cósmico.

True Detective según Luis Freijo

La sensación que me quedó en el momento en el que la cámara enfoca al cielo estrellado es que True Detective es algo más. Es algo más que una fantástica historia de investigación en clave de neonoir; es algo más que la magnífica fotografía de Adam Arkapaw, con esos tonos apagados y ocres que conforman el paisaje de la Louisiana rural; es algo más que la sabia dirección de Cary Fukunaga, muy lenta durante toda la serie pero con dos momentos clave, el plano secuencia larguísimo del final del capítulo cuarto y la inmersión de los protagonistas en el mundo de Carcosa; y es algo más que el soberbio trabajo actoral de Woody Harrelson y Matthew McConaughey.

True Detective es un tratado de metafísica camuflado de serie policíaca. Y, en concreto, True Detective es una serie que nos habla sobre el sentido. Sobre la existencia de sentido, sobre el sentido de la existencia. En concreto, sobre tres sentidos:

El sentido de la identidad: en uno de sus numerosos monólogos en el coche, Rust Cohle le espeta a un incómodo Hart que la identidad no es más que una ficción, una historia que nos contamos para intentar anclar nuestra existencia en un presente que huye. Para él, no hay identidad, no hay anclajes, no hay un cierre. Simplemente, no existe. La lucha de diecisiete años que sostienen Cohle y Hart contra el esquivo asesino de Dora Lange es una búsqueda de la propia identidad. De una identidad masculina tradicional para Hart, incapaz de traer la paz a su hogar, y de una identidad con la que Cohle pueda vivir tras la pérdida de su hija. El final de la serie, con ambos detectives en el hospital, es más una tregua que una victoria, pero esperanzadora igualmente. En True Detective, identidad es igual a lucha.

El sentido del tiempo: Algunos personajes de la serie (Cohle, Reggie Ledoux, Errol Childress) viven en una concepción circular del tiempo, en la teoría del eterno retorno de Nietszche. Cohle lo explica a los detectives interrogadores de forma muy gráfica: los humanos solo somos capaces de percibir sensorialmente tres dimensiones, pero existe una cuarta desde la cual el sentido del tiempo no es lineal, sino que es un todo simultáneo, en el que los acontecimientos se repiten. ¿Cuántas veces he visto a Hart volarle la cabeza a Ledoux? ¿Cuántas veces he estado sentado frente al ordenador escribiendo estas líneas? Esta forma de concebir el tiempo es esencial para entender a Errol Childress, que quiere escapar de un círculo en el que revive una y otra vez los abusos a los que fue sometido cuando era niño a través de los asesinatos que comete, los sacrificios que ofrece. Formalmente, la narración también recalca el eterno retorno, la simultaneidad del tiempo, a través de las dos líneas narrativas, la presente con las entrevistas y la pasada, que confluyen en una futura.

El sentido de la existencia: Los dos sentidos anteriores desembocan en este, porque al fin y al cabo esta es la pregunta última: ¿tiene algún sentido mi presencia aquí? De nuevo, es Rust Cohle el que machaca a Marty Hart en sus conversaciones de coche con sus argumentos sobre la futilidad de la existencia, esgrimiendo los horrores que ambos investigadores están encontrando. No obstante, la interpretación de la postura de la serie se encuentra en esa última escena en el hospital, en la que Cohle revela que esa experiencia cercana a la muerte que ha vivido en Carcosa (con esa última fantástica visión) le ha llevado a descubrir una suerte de vida después de la muerte, en la que solo sentía el amor de su hija y de su padre. La reflexión sobre la victoria parcial de la luz sobre la oscuridad termina de redondear esta concepción de la existencia sorprendentemente optimista, sobre todo teniendo en cuenta de dónde venía la serie.

True Detective según Nic Pizzolatto

En una extensa entrevista con Jeff Jensen, recogida en True Detective. Antología de lecturas no obligatorias, Nic Pizzolatto da su versión sobre qué significa su serie. Para él, True Detective trata sobre las historias que nos contamos a nosotros mismos para dar un marco referencial a nuestra existencia. Así, la religión, que tiene un peso específico importante en la serie, no es más que una narrativa que proporciona un reconfortante contexto. Marty Hart se cuenta a sí mismo la historia de que es una persona estable y familiar, un hombre tradicional, que no tiene que ver con el bala perdida de Cohle; sin embargo, mientras repite esta idea a los detectives Papania y Gilbough, podemos ver que en realidad era un elemento nocivo para la salud de su familia. Por su parte, Cohle parece ver con clarividencia que en realidad la identidad es una historia que nos contamos a nosotros mismos (Cohle es muy metaficcional en este sentido), y ve la «realidad» como es, un caos que no permite anclajes; no obstante, esta negación de una narrativa no deja de ser otro tipo de narrativa, en la que Cohle encierra el dolor soterrado por la muerte de su hija. En este sentido, la historia que Cohle y Hart se cuentan a sí mismos sobre las estrellas en el final de la serie es solo un cambio en sus historias. Y, como dice Pizzolatto, hay que tener cuidado con las historias que nos contamos.

Similar Posts

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: