Gran Imaginador
enero 19, 2021
Cine

Tras la cámara: Paul Newman

La fama en cine, como en todo, es un ente caprichoso. Hay actores y directores que la alcanzan por una determinada película y ya se convierte en un sambenito imposible de sacudirse, sin importar su trayectoria anterior y posterior. Hay también personalidades cinematográficas que han saltado entre la dirección y la interpretación con resultados desiguales. Algunos, como John Huston o Erich von Stroheim, han sido recordados por sus trabajos tras las cámaras a pesar de tener carrera como actor con nominaciones al Oscar incluidas. Otros han conseguido un reconocimiento parejo en las dos labores, al estilo de Clint Eastwood o Woody Allen. Y un tercer grupo forjó su leyenda en celuloide como actores pero probaron suerte con menos fortuna tras las cámaras. Este es el grupo que nos interesa.

Son muchas las razones por las que un actor que se ha pasado a director no ha triunfado en esta tarea. En ocasiones, la figura actoral brilló tanto que eclipsó cualquier otra actividad. Otras veces un actor, simplemente, no estaba a la altura del trabajo de dirección y realizaba productos mediocres. Y una confluencia de las dos posibilidades es también bastante frecuente. Aun así, resulta interesante rescatar las películas tras la cámara de grandes actores que expresaron inquietudes más allá de su labor habitual y por ello comenzamos a hacerlo en Gran Imaginador con uno de los mitos inmortales que dio el cine en la segunda mitad del siglo XX: Paul Newman.

A la historia han pasado la mirada de aquellos ojos azul cielo, la intensidad de cada una de sus interpretaciones, la precisión con la que soltaba sus diálogos. Eddie Felson, Hud Bannon, Chance Wayne, Luke, Butch Cassidy, Frank Galvin o John Rooney han sido algunos de los personajes inolvidables que legó Newman a la posteridad fílmica y todos nosotros, en algún momento u otro, hemos disfrutado de su sublime buen hacer. Sin embargo, lo que no tantos conocen es que Paul Newman dirigió seis películas a lo largo de su carrera, ninguna de ellas tan exitosa como las que protagonizaba, pero aún así de un gran interés.

La primera cinta en la que el actor se puso tras las cámaras fue Rachel, Rachel en 1968. La última, El zoo de cristal en 1987. Entre medias, Casta invencible, El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas, La caja oscura (que era una película para televisión) y Harry e hijo. De las seis películas, Newman solo protagonizó dos, Casta invencible y Harry e hijo. En el resto, el protagonismo recayó en su mujer, la maravillosa actriz Joanne Woodward, que pergeñó algunos de los mejores trabajos de su carrera trabajando codo a codo junto a su marido y elevó el nivel de las cinco películas en las que aparece. Su labor tras la cámara se vio reconocida con el Globo de Oro que ganó en 1969 por Rachel, Rachel, que también fue nominada al Oscar a la mejor película. También fue candidato Newman al Emmy al mejor director por La caja oscura en 1981. Por su parte, el Festival de Cannes nominó a la Palma de Oro a El efecto de los rayos Gamma sobre las margaritas en 1973.

En términos generales, Paul Newman fue un director sobrio, elegante y sólido. Sus películas no adolecen grandilocuencia, sino que se centran en dramas humanos concretos, íntimos y, en la mayoría de las ocasiones, femeninos. Su trabajo con la cámara es clásico por transparente. Con la sola excepción de Rachel, Rachel, su firma autoral se diluye en favor de las historias que está narrando. Esto no es un defecto, al contrario: el director siempre trata de buscar la forma estética más adecuada para lo que está contando. Así, Newman utiliza el découpage con la misma habilidad con la que rueda en secuencia, y trabaja el plano general con más profusión en las películas que lo necesitan (Casta invencible) mientras que se reserva el plano corto para otros espacios fílmicos más cerrados, como los de El efecto de los rayos gamma en las margaritas o El zoo de cristal.

Ahondemos, pues, en la filmografía como director de Paul Newman, deteniéndonos en cada una de sus películas:

Rachel, Rachel

Rachel, Rachel es el trabajo mejor y más valorado de Paul Newman como director. Estuvo nominado al Oscar a la mejor película, junto con el de mejor actriz para Joanne Woodward, mejor actriz de reparto para Estelle Parsons y mejor guion adaptado de Stewart Stern. Además, el matrimonio consiguió sendos Globos de Oro, para ella como mejor actriz en drama y para él como mejor director.

En 1968, el año de estreno del filme, Paul Newman era ya una estrella más que consagrada. Si los años cincuenta le pertenecieron a Marlon Brando, Newman se adueñó de los sesenta con señorío. Antes de rodar Rachel, Rachel había protagonizado El buscavidas, Dulce pájaro de juventud, Hud, el más salvaje entre mil, Cortina rasgada, Harper, invesigador privado y, sobre todo, tan solo un año antes, La leyenda del indomable. Todavía remataría la década en 1969 con Dos hombres y un destino. En 1968 solo participaría en una película como actor, Comando secreto.

Con esa carrera ya a sus espaldas y 43 años, Paul Newman se enfrentaba a su primer reto como director adaptando la novela de Margaret Laurence. La protagonista de la historia es Rachel Cameron, una maestra de escuela de un pueblo estadounidense cuyas perspectivas vitales son nulas. Presa de una gran timidez, subyugada a los designios de una madre despótica y habitando en un piso prestado en la planta superior de una funeraria, Rachel ve pasar los días sin encontrarles aliciente. La aparición en el pueblo de un antiguo amigo de infancia cambiarán la visión de la maestra de forma radical.

Rachel, Rachel es el trabajo más interesante de Paul Newman porque es, quizá, el más autoral. La película está dirigida de una manera muy europea, con un primer plano insistente que busca escudriñar en el drama de la protagonista. Resultan todo un hallazgo las secuencias alternativas en las que Rachel se imagina a sí misma actuando como debería si encontrara el valor: contestar a su madre, quedarse con un niño maltratado, rechazar las proposiciones del director de la escuela… Estos productos de la imaginación de la protagonista se insertan en el relato de manera brusca pero no disruptiva, de tal forma que se produce un efecto de subjetividad en la narración muy sugerente.

Pero el mayor interés de la película radica en la feminidad de la historia que se está contando. Paul Newman tiene puntos de encuentro, aunque parezca exagerado, con Federico García Lorca, nada menos, al narrar las tribulaciones de una mujer soltera en un medio rural sin salidas posibles. Es crucial la portentosa interpretación de Joanne Woodward, matizada y con una evolución muy creíble. Por supuesto, el contexto de Newman no es el contexto lorquiano y, en 1968, la mujer puede afortunadamente encontrar salidas.

Casta invencible

La segunda película de Paul Newman es la más ambiciosa en su carrera como director. Desde un reparto de lujo que encabezó él mismo junto a Henry Fonda, Lee Remick y Michael Sarrazin hasta la ingente producción de las escenas en las que la familia protagonista trabaja con la leña, sin olvidar el alcance temático que pretende darle a su historia, es la cinta de mayores proporciones que filmaría.

Fue estrenada tan solo dos años después de Rachel, Rachel, en 1970. La leyenda de Newman se había agrandado en ese corto periodo de tiempo con uno de los hitos fundamentales de su carrera como actor: Dos hombres y un destino, el primero de los dos filmes que nacería de la colaboración triangular entre George Roy Hill, Robert Redford y el propio Newman. En ese año protagonizaría otra película, Hombre de hoy, curiosamente junto a Joanne Woodward. Casta invencible fue nominada a dos Oscar: mejor actor de reparto para Richard Jaeckel y mejor canción original, compuesta por Henry Mancini.

Como terminó siendo norma en el cine de Paul Newman, Casta invencible se trata de una adaptación, en este caso de la novela de Ken Kesey Sometimes a Great Notion. Cinco años más tarde se adaptaría otra novela de Kesey que daría lugar a fantásticos resultados artísticos y en los Oscar: Alguien voló sobre el nido del cuco. La película tiene como protagonistas a los Stamper, una familia de tercos leñadores de Oregón dispuestos a romper la huelga de empresas medianas leñadoras solo por cumplir su palabra con su distribuidor. Está encabezada por Henry Stamper (Henry Fonda), un hombre rudo y cabezón, y su hijo Hank (Newman), digno heredero de su padre. Con la llegada de un hijo de otro matrimonio de Henry, la perspectiva de la familia cambiará, sobre todo la de la mujer de Hank, Viv. El lema de la familia no puede ser más revelador: «Never give an inch«.

En esta cinta recoge el director la tradición de las grandes historias trágicas sobre la familia americana, muy en la línea de las películas dirigidas por George Stevens o, incluso, del Hud que protagonizara el propio Newman siete años antes. El lema familiar se mantiene implacable sin importar las consecuencias hacia la comunidad y hacia los propios miembros de la familia, por lo que la destrucción será inevitable. Con un gran instinto narrativo, Paul Newman elige aparcar el atrevimiento que caracterizaba su primera película y adoptar un tono más clásico, aprovechando al máximo el plano general del río donde viven los Stamper o las escenas de trabajo de los leñadores. El découpage fino y sobrio es la norma en Casta invencible, y está perfectamente utilizado tanto en las escenas de «acción» (el partido de rugby con pelea incluida, la última incursión en el bosque) como en los momentos de exposición del interior de los personajes.

A pesar de la apuesta por la historia y la gran temática, Newman no olvida a sus personajes y, en este sentido, la interpretación de sus actores es soberbia. Él mismo da vida a un tipo duro, incapaz de elegir los sentimientos por encima de un honor mal entendido, y por ello el actor le da un aire pétreo no muy habitual en sus trabajos interpretativos, pero no por ello menos perfecto. El personaje de Henry Fonda es muy parecido, y el mítico actor cumple con creces en un papel que le viene como anillo al dedo. Cada escena entre los dos actores es como un duelo amigable que resulta todo un regalo para el espectador. También Lee Remick borda un trabajo muy complicado, ya que Viv es un personaje anulado al que no se le permiten expresarse en esa casa masculina, por lo que toda la carga interpretativa recae en sus ojazos azules, tremendamente expresivos. Curiosa la conjunción entre el azul de esos tres pares de ojos: Newman, Fonda y Remick. Casta invencible sería la única película que Paul Newman dirigió y en la que Joanne Woodward no trabajó.

El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas

La tercera película de Paul Newman como director es la más desgarradora. Estaba basada, de nuevo, en una obra previa, en este caso la pieza teatral The effect of gamma rays on man-in-the-moon marigolds de Paul Zindel, adaptada por Alvin Sargent. Fue rodada en 1972, tan solo dos años después de Casta invencible. En ese año, protagonizó dos películas: Los indeseables, junto a Lee Marvin, y El juez de la horca, un rotundo western dirigido por John Huston, escrito por John Milius y en el que Ava Gardner compartía cartel con el actor.

Joanne Woodward sería nominada al Globo de Oro a la mejor actriz por su excepcional trabajo, y ganaría el premio a la mejor actriz en Cannes. Por su parte, la película estuvo nominada a la Palma de Oro en el festival francés. El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas cuenta la historia de Beatrice Hunsdorfer y sus dos hijas, Ruth y Matilda. Beatrice es una madre soltera a la que abandonó su marido para después morir en un motel. Incapaz de encontrar un trabajo, crispada y semialcoholizada, Beatrice cuida en una casa ruinosa a sus hijas. La mayor, Ruth, vive la rebeldía de la adolescencia contra su madre, mientras que sufre de sonambulismo y de epilepsia. La pequeña, Matilda, es un espíritu puro y especial, y está fascinada por la ciencia gracias a un atento profesor del colegio. Para mantener a la familia, Beatrice alquila una habitación en la casa para personas moribundas de las que sus allegados quieren deshacerse.

En este filme, Newman transita a medio camino como narrador entre Rachel, Rachel y Casta invencible. No es tan atrevido como en la primera, pero tampoco tan canónico como en la segunda. El director aprovecha todos los recursos que la brindan los espacios de la casa (las escaleras, el patio, las habitaciones) para poner en escena los desvaríos de Beatrice, las discusiones en la casa, los ataques de Ruth… Consigue, de esta manera, no hacer el «teatro filmado» que tanto horrorizaba a Bazin y trasladar correctamente las páginas de Zindel al cine.

Pero, como fue norma en sus filmes, la importancia la tiene el drama humano. Joanne Woodward vuelve a ser la reina de la función, con un personaje que parece una continuación cansada de Rachel Cameron. El tremendo anticlímax es una lección de interpretación por parte de la actriz, que da vida a un personaje desganado, al límite. Era fácil caer en el histrionismo y, sin embargo, ella consigue actuar de forma potente pero sutil. Está fantásticamente acompañada por las dos niñas, Nell Potts y Roberta Wallach, que dan en el clavo con sus respectivos personajes. Wallach sabe ser insolente, cariñosa, preocupada y triste, y Potts dota a su Matilda del aire de trascendencia que resulta fundamental para el significado final de la obra.

La caja oscura

La cuarta película que Paul Newman firmó como director es, probablemente, su trabajo más flojo. Se trataba de una cinta filmada para la cadena de televisión ABC y, aunque contaba con un reparto muy solvente (Joanne Woodward, Christopher Plummer y James Broderick) los resultados no son satisfactorios a ojos de quien esto escribe. De nuevo, está basada en una obra teatral, The Shadow Box, cuyo autor, Michael Cristofer, se encargó personalmente de realizar la adaptación. Ganó el Globo de Oro a la mejor película hecha para la televisión, y fue nominada a tres Emmy: mejor telefilme drama, mejor director en miniserie o telefilme y mejor guion adaptado en miniserie o telefilme.

La caja oscura se estrenó en 1980. Habían transcurrido ocho años desde su última película como director. La década de los setenta no había sido tan dulce para Newman como la de los sesenta, comparativamente. El actor no había recibido ninguna nominación al Oscar desde La leyenda del indomable, en 1968, aunque seguía encadenando títulos de gran valía. El hombre de Mackintosh, El coloso en llamas (acompañado de un reparto extraordinario que incluía a Steve McQueen, Ava Gardner, William Holden, Faye Dunaway y Fred Astaire), El castañazo y, sobre todo, El golpe (de nuevo bajo la batuta de George Roy Hill y compartiendo plano con Robert Redford) fueron sus trabajos más destacables de la década. En el año en el que se produjo La caja oscura, solo participó en un filme: El día del fin del mundo, que, como El coloso en llamas, pertenecía al cine de catástrofes, y en la que volvía a coincidir con William Holden.

El telefilme tiene como protagonistas a tres familias con algo en común: uno de sus miembros es un enfermo terminal. Las tres coinciden en un resort al que van a morir estas personas mientras sus conductas son grabadas en entrevistas con psicólogos. Entre los enfermos hay un padre de familia (James Broderick) acompañado por su mujer y su hijo; un hombre de mediana edad homosexual (Christopher Plummer) al que le visita su ex esposa (Joanne Woodward), con la mantiene el afecto; y una mujer mayor y su hija.

A pesar de que la película quiere ofrecer una reflexión descarnada sobre la muerte y la vida que es de agradecer, el estilo visual y narrativo no tiene ningún interés, por lo que la historia pierde fuerza y se hace dificultosa. Precisamente en esta película Newman cae en el «teatro filmado», algo que conseguía evitar en El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas y El zoo de cristal. Los espacios son estáticos y poco aprovechados, de tal manera que las escenas no aguantan. Quizá el elemento de más interés sean las entrevistas grabadas con los doctores, con unos primeros planos bergmanianos larguísimos que sí permiten un lucimiento actoral. Ni siquiera la química interpretativa entre Plummer y Woodward consigue realzar un conjunto que no está a la altura del resto de trabajos del director.

Harry e hijo

La quinta película de Paul Newman como director es también un trabajo cercano a la mediocridad. Sin resultar tan estéticamente pobre como La caja oscura, no tiene nada del atrevimiento de Rachel, Rachel, el poderío de Casta invencible o el desgarro de El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas. Harry e hijo es una adaptación de la novela homónima de Raymond DeCapite, escrita para la gran pantalla por Ronald Buck y el mismo Newman. El único premio al que estuvo nominada no fue precisamente halagüeño: el Razzie al peor actor para Robby Benson.

Harry e hijo fue estrenada en 1984, cuatro años después de La caja oscura. En ese periodo de tiempo, Paul Newman había vuelto a una segunda edad dorada como actor: encadenó dos nominaciones al Oscar consecutivas por sus formidables trabajos en Ausencia de malicia y Veredicto final. En ese año, solo trabajó en la película que nos ocupa, puesto que el actor ya espaciaba más sus proyectos. Harry e hijo tenía como protagonistas a Harry Keach, un hombre maduro y viudo que trabaja en la construcción, y su hijo adolescente Howard. La relación entre el padre y su retoño estructura la mayor parte de la película, aunque también los sucesivos trabajos de Howard y los devaneos entre Harry y una antigua amiga de la familia, Lily (Joanne Woodward en un papel secundario), tienen su importancia.

Al igual que le pasaba a su predecesora, el filme no consigue aunar la historia que está contando con una narración que la haga interesante. Demasiado transparente, la trama paternofilial se termina diluyendo. Tampoco ayuda el pobre trabajo interpretativo de Robby Benson, que a ratos se hace insoportable. Lo único salvable de Harry e hijo son las escenas que comparten Paul Newman y Joanne Woodward, que rezuman ternura, especialmente la última.

El zoo de cristal

La que sería sexta y última película de Paul Newman como director es su trabajo más refinado y delicado. Estaba basado en la obra teatral de Tennesee Williams, que no fue adaptada en su texto (el guionista acreditado, de hecho, es el propio Williams). El zoo de cristal ya había tenido dos traslaciones anteriores, una en 1950, dirigida por Irving Rapper y protagonizada por Kirk Douglas y Jane Wyman; y otra de Anthony Harvey con Katharine Hepburn y Sam Waterston. Fue nominada al Globo de Oro a la mejor banda sonora para Henry Mancini y, por segunda vez, Paul Newman fue candidato a la Palma de Oro en Cannes.

El zoo de cristal fue estrenada en 1987. Justo ese año, el actor había conseguido su primer y único Oscar al mejor actor por volver a interpretar a Eddie Felson en El color del dinero. No tuvo ningún trabajo como actor en ese año. La obra muestra a una familia, los Wingfield, en los EE.UU. de los años treinta. La madre, Amanda (Joanne Woodward), es una mujer a la que su marido abandonó y que se preocupa por el bienestar de sus hijos de una forma molesta, intrusiva y, en ocasiones, despótica. El hijo, Tom (John Malkovich), es un soñador que aspira a objetivos más aventureros que trabajar en un almacén de zapatos, y planea su huida del hogar familiar. La otra hija, Laura, es una criatura tímida y delicada, retraída en sí misma a causa de una cojera. Al verla incapaz de conseguir trabajo y/o marido, Amanda tomará como objetivo vital emparejar a su hija.

Paul Newman recuperó con esta película el gran nivel de sus primeros trabajos y ofreció un espectáculo elegante y emocionante. Como ya hiciera con El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas, la puesta en escena de la película aprovecha al máximo el exiguo espacio de la casa donde habitan los Wingfield, que es el escenario en el que transcurre toda la película. Es especialmente fino el trabajo que hace en el prólogo, en el que el personaje de John Malkovich rompe la cuarta pared para poner en situación al espectador. Las transiciones entre los acontecimientos y los monólogos de Malkovich se producen de forma casi imperceptible, en una muestra de buen hacer por parte del director.

Pero es el interés por el drama, como en el resto de ocasiones, lo que mueve el pulso cinematográfico de Newman, y en este sentido El zoo de cristal es una película muy lograda. Las interpretaciones ayudan sobremanera, claro. El trabajo de Woodward es exquisito, uno de los mejores de su carrera, y el tono lánguido habitual de Malkovich hace mucho bien al personaje de Tom. Karen Allen merece una mención especial como la dulce Laura y ofrece la interpretación más matizada y emocionante de la película. El zoo de cristal fue, además de un filme de una gran ternura, una conclusión bonita para la carrera como director de Paul Newman.

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