Gran Imaginador
octubre 25, 2021
Cine

RIP Chus Lampreave

Este obituario está escrito tarde en la noche y con prisa, pero con el conocimiento de que si se deja para más tarde, no podrá escribirse, y sobre los genios hay que escribir. Fallecieron ayer (siempre nos quitan a varios de golpe) a dos miembros de la cultura española que pusieron, en cierta medida, sus respectivos granitos de arena para que, varias décadas después lo heredáramos tal y como está. Uno es Manolo Tena, de indudable Sangre española, el que era último superviviente de los desmanes ochenteros que ya se habían llevado por delante a los Antonios, Flores y Vega. La otra es Chus Lampreave.

Si decimos que Chus Lampreave ostentaba el título de actriz más querida del cine español, probablemente no marremos mucho. Pocos son los que no reconozcan, si no su nombre, sí las gafas de culo de vaso que amplificaban hasta un tamaño paranormal sus ojos y el timbre agudo de voz que hacían inolvidables aquellas frases absurdas.

La de Chus fue una forma de entender el humor en cine que, afortunadamente, algunos directores supieron aprovechar y explotar al máximo. Debutó en El pisito en 1959 y apareció en papeles secundarios en los años 60 y 70 en numerosos títulos de cine y televisión, entre los que destacan la serie Suspiros de España y los títulos berlanguianos El verdugo y  La escopeta nacional, con sus correspondientes secuelas. Su leyenda se forjaría en los años 80 de la mano de tres nombres: Pedro Almodóvar, José Luis Cuerda y Fernando Trueba.

Apareció como una señorona conservadora hasta el tuétano en El siglo de las luces, en 1986, de la mano de Trueba, donde nos dejaba ese momento en el que interrumpía el baile agarrado en el campo, escandalizada ante tamaña violación de los mandamientos de la Ley de Dios. Este papel le reportó su primera nominación al Goya, que acabaría ganando, también gracias a Trueba, por Belle époque.

Por su parte, Cuerda sabía que en esa manera de entonar de la actriz había encontrado la horma de su zapato, uno de los cauces principales (los otros fueron José Sazatornil y Luis Ciges) para dar rienda suelta a ese humor surrealista, tan inteligente y manchego, que caracteriza al cine del director. Chus Lampreave participó en las dos primeras partes de la inclasificable trilogía del director, Total y Amanece, que no es poco. La pastora que pedía que las vacas entraran a la escuela en Total y que había tenido un hijo negro en Amanece, que no es poco protagonizaban varios de esos momentos made in Lampreave increíblemente absurdos, en los que no se sabía si se estaba presenciando una tontería supina, una absoluta genialidad o una mezcla de ambas. Por ejemplo:

https://www.youtube.com/watch?v=pMGHhngD_QY

Pero, sin duda, quien más sabría entender a Chus Lampreave sería Pedro Almodóvar. Consciente de la joya que había encontrado y, sobre todo, de lo bien que se adaptaba a su universo particular, la actriz fue la musa callada pero permanente del director manchego. Escribíamos ayer sobre actores secundarios que robaban sus películas con apenas una escena en pantalla. Esa era Chus. Espetándole a Fernando Guillén que ella era «testiga» de Jehová y no podía mentir, haciéndole ver al protagonista de Hable con ella lo mal que estaban los masa media o, simplemente, pasando total de Verónica Forqué y Carmen Maura porque la aburrían.

Se terminó convirtiendo en una leyenda venerable, al estilo de Eli Wallach en sus últimos años; cada aparición suya era celebrada, como en los Torrentes. Si es que hasta en el anuncio de Campofrío está memorable con lo de los Bíteles. Quizá con Chus Lampreave haya sido la primera vez en la que me creo que las muestras en redes sociales de cariño y los posts afligidos son sinceros, porque la ternura de sus personajes lo merecía. Descanse en paz.

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