Gran Imaginador
diciembre 6, 2021
Cine

Open Range: El western neoclasico

La historia del arte puede definirse según movimientos pendulares, que la hacen bascular entre la calma y la tempestad, el equilibrio y la torsión, la armonía y el exceso, lo apolíneo y lo dionisíaco, el barroco y el clasicismo. El western, como género cinematográfico, no escapa de esta ley de dualidades y, a lo largo de su historia, ha experimentado ya algunas de estas idas y venidas.

Si tomamos La diligencia (John Ford, 1939) como obra que le otorga la mayoría de edad al género, las primeras dos décadas y media corresponden a un período clásico, en el que se imponen las películas equilibradas y armónicas de los Ford, Hawks, Mann, Walsh, Ray o Stevens. Esta etapa clásica se vería dinamitada por la violentísima irrupción de dos autores, Sergio Leone y Sam Peckinpah, que le darían una infinita vuelta de tuerca al género y lo asesinarían a balazos, tanto temática como estilísticamente. También otros directores como Don Siegel, John Sturges o el primer Clint Eastwood (Infierno de cobardes) contribuirían a este suicidio colectivo, que llevaría a la práctica desaparición del género durante finales de los 70, los 80 y principios de los 90 (con la excepción de los otros tres westerns de Eastwood).

Tras la transición que suponen El jinete pálido y Sin perdón, parece que el western ha regresado en estos últimos quince años a una etapa neoclásica, en la que unas pocas pero muy estimables obras comparten una gran calidad y una serie de rasgos estéticos muy pronunciados: composiciones elegantes y equilibradas, vuelta a los grandes espacios y a la escala larga de plano, protagonistas morales y villanos complejos. Ahí están para atestiguarlo El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, Appaloosa, El tren de las 3:10, Valor de ley, la serie Hell on wheels y, sobre todo, la obra de la que vamos a hablar aquí: Open Range.

Open Range es la tercera y, hasta la fecha, última película como director de Kevin Costner. También es la mejor, por encima de la ampliamente oscarizada Bailando con lobos. Los elementos están más armonizados y organizados de tal forma que han sido puestos al servicio de la historia, y no se pierden en otro tipo de disquisiciones, como sí ocurría en la ópera prima del director. Además, por qué no decirlo, la duración es mucho más razonable.

Hablemos de la película. Open Range tiene como protagonistas a dos vaqueros, Boss Spearman (Robert Duvall) y Charley Waite (Costner), que llevan su ganado a través de territorios con pasto, practicando lo que en la versión original denominan free graze, o pasto libre. Al llegar a un pueblo, se encuentran con que el potentado local, Denton Baxter (Michael Gambon), no está dispuesto a permitir que el ganado de los dos cowboys atraviese su territorio, porque lo que mata a uno de los compañeros de Spearman y Waite y deja al otro malherido. Por supuesto, el sheriff local está comprado por Baxter, por lo que los dos héroes deciden enfrentarse solos a Baxter y sus hombres.

La temática de la película se acerca claramente a uno de los motivos clásicos del género: la lucha de individuos que representan al pueblo frente a los potentados que se aprovechan de la ausencia de un poder estatal fuerte para hacer y deshacer a su antojo y enriquecerse utilizando la violencia. En este sentido, Open Range es fuertemente deudora de El jinete pálido, los western de Anthony Mann con James Stewart y, sobre todo, de la película de George Stevens de 1953 Raíces profundas, en la que un misterioso pistolero ayudaba a un grupo de rancheros frente al terrateniente que se quiere quedar con sus granjas (obsérvese que el argumento de El jinete pálido es el mismo).

Este tema se encuadra dentro de la vocación del western por presentar el proceso mediante el cual una sociedad moderna se constituye (una cuestión que ya desarrollamos aquí). Es siempre un acto violento el que permite a la comunidad progresar hacia el bienestar y librarse de los elementos opresores. Por supuesto, ese western de los años cuarenta y cincuenta contribuye a crear los mitos fundacionales de la cultura norteamericana, la forja y el crisol, en los que la nación se ha hecho a sí misma y es capaz de sacudirse a los tiranos de encima y ser el paladín de la libertad. Hay que señalar que se muestra en la película el momento álgido de la conquista, aquel en el que en el que el cowboy todavía es libre de trashumar y de echar mano de su pistola para defenderse. Este punto, propio del clasicismo, es anterior a los ambientes crepusculares y cansados de Peckinpah y Leone, que se corresponderían con una etapa postclásica.

Los personajes son el principal punto de apoyo de Open Range. Tanto Charley Waite como Boss Spearman son caracteres fuertes, bien interpretados y con aristas. El guion de Craig Storper (basado en una novela de Lauran Paine) ofrece a dos seres humanos con pasados complicados detrás de sí que han aprendido a convivir entre ellos, a respetarse mutuamente y a vivir con honradez. Además, se produce entre ellos un contraste bonito, ya que Spearman es un hombre de avanzada edad bondadoso que gusta de hablar en abundancia, mientras que Waite es maduro, aunque algo más joven, pronuncia pocas palabras y arrastra la carga de su violenta experiencia como pistolero.

Serán estos dos personajes los que catalicen el salto adelante de la comunidad al enfrentarse a Baxter y su ejército. Se pueden aplicar a ellos (como no podía ser de otra manera) las palabras que escribían Núria Bou y Xavier Pérez en El tiempo del héroe sobre los héroes del western clásico: «Los desgastados personajes […] de la década esplendorosa de los cincuenta manifestaban un inequívoco dominio de las habilidades guerreras, pero ejecutaban siempre sus misiones desde una conciencia dolorida que pasaba inevitablemente por la humanización del enemigo y por la incerteza de su suerte en el inevitable enfrentamiento final». Es muy importante destacar lo que ocurre tras este enfrentamiento final (uno de los más espectaculares de la historia del género): a Waite y a Spearman les es concedida la gracia de disfrutar del progreso y ser parte de él, una visión optimista de la que no disfrutarían los protagonistas de películas como Raíces profundas, El jinete pálido, El hombre que mató a Liberty Valance o Hasta que llegó su hora, cuyos héroes son condenados a una cabalgata final camino del horizonte, la incertidumbre y el olvido.

La etapa barroca de Leone y Peckinpah se caracterizó por una estilización superlativa, que se traducía en películas eléctricas, desquiciadas, teatrales y, en general, excesivas. Se oponían de esta forma a la naturalidad que impregnaba las narraciones de Ford, Hawks o Mann. Open Range recupera esa naturalidad, con ángulos de planos a la altura de los ojos, uso abundante de la escala general (sobre todo, al principio) y movimientos de cámara intradiegéticos, que responden a la propia acción. Esta elección estética podría parecer academicista, pero se ve compensada por algunas pinceladas de significación: primeros planos en momentos de revelaciones (Charley contando su turbio pasado), un contrapicado en el momento en el que los dos vaqueros deciden enfrentarse a Baxter o la magnífica puesta en escena del duelo final. Además, Costner es un director elegantísimo, y sus imágenes rezuman belleza y buen gusto, tanto en la composición como en la fotografía. Por último, el uso de la música se acerca más al melodrama que a las bandas sonoras asociadas al western. Son temas sencillos que sirven para acompañar con eficacia, y nada tienen que ver con las marchas fúnebres y las trompetas de Ennio Morricone, que formaban parte activa del drama.

Open Range, además de ser, como hemos dicho, la mejor película de su director, es toda una obra maestra a reivindicar. Si el western continúa por esta línea (y, por lo que parece, lo está haciendo), podremos seguir disfrutando de un de los géneros más fructíferos de la historia del cine.

 

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