Gran Imaginador
diciembre 6, 2021
Cine

Marte

«Creo que no hay ninguna dificultad que no pueda ser superada por un americano», dice un Ronald Reagan todavía gobernador en la segunda temporada de Fargo. No lo hace en un mitin lleno de público, como podría pensarse, sino en unos lavabos públicos en los que solo se encuentra el policía Lou Solverson. El Fargo de Noah Hawley tiene mucha mala baba, y Solverson, que es un tipo rocoso al que no se la dan fácilmente con queso, pilla a Reagan a contrapié cuando le replica: «Sí, ¿pero cómo?». Y a Ridley Scott le ha dado este año por responder esa pregunta en dos horas y cuarto de película.

Marte es una buena película, superior a la media de los últimos trabajos del autor de Alien, Los duelistas o Blade Runner. Es cierto que no hay nada nuevo bajo el sol y que la historia del hombre aislado de la civilización en pugna con la naturaleza se remonta muy lejos (Robinson Crusoe sería, obviamente, la primera referencia en saltar a la mente), pero la traslación de esta estructura a un futuro cercano en el que una misión tripulada a Marte se deja a uno de sus miembros en el planeta rojo está ejecutada de una forma muy solvente.

El guion es sumamente efectivo, y la sucesión de peripecias a las que se tiene que enfrentar Mark Watney al inicio de su odisea, hasta que consigue contactar con la NASA, fluye con naturalidad. Drew Goddard ha conseguido adaptar el libro de Andrew Weir de forma que las aventuras de Watney y los intentos de la NASA no se ven lastrados por las explicaciones científicas, que están sabiamente colocadas. En este sentido, es un recurso útil la cámara a la que Matt Damon relata su día a día: sirve para retratar la soledad del personaje y, a la vez, introduce las explicaciones necesarias.

La película descansa, sobre todo, en el trabajo de un fantástico Matt Damon, que carga con el peso de la mayor parte del metraje y además lo hace solo, por lo que su papel no es nada sencillo. No obstante, está bien apoyado por los secundarios que dirigen las tareas de rescate, encabezados por Jeff Daniels, Chiwetel Ejiofor y Sean Bean, que cumplen con su trabajo a la perfección. Sí que se echa en falta algo más de relevancia para Jessica Chastain, que está un tanto desaprovechada hasta el final de la cinta, pero el trabajo conjunto del reparto de Marte es sólido.

También lo es la dirección de Ridley Scott. En una historia marcada por el estatismo (al fin y al cabo, lo angustiante de la situación de Mark Watney es que no puede salir de donde está), el director apuesta por una estética basada en el découpage, en la segmentación de planos que nos muestran las actividades de Watney a la hora de montar el invernadero o la máquina que le permite contactar con la Tierra, y también la carrera contrarreloj de la NASA por traer de vuelta a su astronauta. En algunas ocasiones, este ritmo es cortado por secuencias de montaje con canciones de fondo (el Starman de David Bowie, por ejemplo), que sirven para dosificar, y la sensación general es que la cámara de Scott siempre está donde debe estar.

Lo más molesto de la película, volviendo al principio, es esa pátina de moralina constante. Es cierto que la película se puede leer como una oda al ingenio humano y a nuestra capacidad como especie para conquistar el mundo que nos rodea sin importar cuáles son las adversidades, y el mensaje estaría mejor transmitido si no se hubiese acometido la tarea de una forma tan infantil. En algunas ocasiones, la retórica grandilocuente puede estar al nivel de lo mejor de Transformers, y las escenas de Times Square y Trafalgar Square son un tanto vergonzantes.

No obstante, si se consigue superar el hándicap del buenismo (o si no se es tan cínico como quien esto escribe), la película es un gran espectáculo visual y todo un homenaje a los prodigios de la técnica que nos ha traído de vuelta a parte del mejor Ridley Scott. Está nominada a siete Oscar, y aunque parece que en las categorías de mejor actor para Matt Damon y mejor película tiene poco que rascar, sí puede ser que se haga con el mejor guion adaptado y con alguna de las cuatro categorías técnicas a las que opta: efectos especiales, diseño de producción, sonido y edición de sonido.

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