Gran Imaginador
abril 18, 2021
Cine

Magical Girl

El pasado fin de semana acudí al Abycine, el festival de cine que se celebra en Albacete a finales de octubre todos los años. Asistí allí a dos pases. El primero fue una sesión de cortos, que para mí pasaron sin pena ni gloria. Con más pena que gloria, de hecho. La segunda sesión a la que fui provocó en mí una sacudida y una conmoción como hacía tiempo que no experimentaba sentado frente a una pantalla de cine. La película que se proyectaba en esa segunda sesión era Magical Girl, de Carlos Vermut. Intentaré en las siguientes líneas transmitir, sin traicionar la trama para quien no la haya visto, ese desconcierto admirativo que produce en el espectador esta nueva joya del cine español.

 

Confieso sin reparo que el nombre de Carlos Vermut me era totalmente desconocido. Este director solo había filmado un largometraje antes, Diamond Flash, en 2011. Sin embargo, la carta de presentación con la que Magical Girl llegaba al Abycine no podía ser mejor: Concha de Oro y Concha de Plata al mejor director en el Festival de San Sebastián. Hechas las presentaciones, comienza la película y, con ella, el vaivén, la montaña rusa. Como he prometido anteriormente, no revelaré nada de la trama. Sin embargo, sí apuntaré que la película gira en torno a tres personajes principales cuyas vidas (y entiendan lo de vidas en el sentido más amplio posible del término) se ven íntimamente relacionadas. Estos personajes son Luis (Luis Bermejo), Bárbara (Bárbara Lennie) y Damián (José Sacristán). La historia, al comenzar, parece el típico relato lacrimógeno made in Albert Espinosa, con elementos de las películas de repartos corales al estilo Magnolia Vidas cruzadas. No obstante, y según se va desarrollando, se convierte en una suerte de thriller o de cine negro que arrastra al espectador a unas profundidades morales y humanas inusitadas y abisales. Y este espectador asiste atónito, desconcertado en el buen sentido, a cada giro que le lleva en direcciones insospechadas.

 

Y es importante hablar de giros, porque en ellos está fundamentado el guion, de una solidez férrea, sobre todo teniendo en cuenta la historia que se está contando. Según la teoría más o menos clásica del guion, que divide la película en los tres actos aristotélicos (planteamiento, nudo y desenlace), los puntos de giro son los momentos de cambio entre un acto y otro, que llevan la historia en una dirección completamente diferente de la que había tenido hasta ese momento.  Bien, en el caso de Magical Girl el término “punto de giro” es prácticamente literal. Cada acto está asignado a cada uno de los tres personajes principales, y en cada acto se entretejen su relación con los otros dos personajes, su propio desarrollo y el de la historia. Es fantástica la suavidad y la sutileza con la que Vermut relaciona a los tres personajes, a través de elementos audiovisuales: una canción, una ficha de puzzle o la misma parte de la historia contada desde perspectivas diferentes. Tampoco es baladí qué acto le corresponde a cada personaje: Luis, que inicia la trama, tiene el primer acto; el segundo le corresponde a Bárbara, que será quien relacione a los dos personajes masculinos; y Damián, que guarda el desenlace en sus manos, se queda con el tercero.

 

Lo más notable de la película es sin duda el trabajo de dirección. En primer lugar, por la composición. La composición del encuadre que trabaja Vermut es fina, sobria, elegante y, sobre todo, muy eficaz. Los escenarios desangelados riman con la parquedad del diálogo y la contención de los actores. El trabajo de dirección de fotografía acompaña al del director y logra una paradoja sorprendente: la luminosidad que tienen la mayoría de las escenas ayuda a conformar el ambiente de oscuridad moral. Además, el director logra algunos momentos muy cinematográficos (el mejor ejemplo es el momento en el que José Sacristán se está vistiendo antes del clímax). Sin embargo, lo mejor del trabajo de Vermut es la gestión de la información: qué información oculta, qué información revela, cuándo lo hace y cómo lo hace. Uno de los aspectos que hacían grande a John Ford era precisamente este: con una mirada o un gesto conseguía contar algo de los personajes sin necesidad de diálogo o de flashback. Y Vermut domina esto a la perfección. Hemos comentado anteriormente que la película es parca en diálogos, pero eso no quiere decir que dé poca información. Todo lo contrario, la información sobre las intenciones de los personajes y sobre su pasado es abundante y se adivina a través de miradas y gestos imperceptibles, y ciertos datos son sabiamente ocultados por el director, quedando a la imaginación del espectador. Y esto, queridos lectores, es el cine en su pureza mayor: contar historias a través de las imágenes.

 

Por último, no quisiera dejar de alabar el trabajo de los actores principales, y también de los secundarios como Javier BotetMarisol MembrilloIsrael Elejalde o Lucía Pollán. Tanto Luis Bermejo como Bárbara Lennie están contenidos y espectaculares, muy creíbles en papeles complicadísimos por lo mucho que exigen y las pocas líneas de diálogo que tienen. Y qué decir de José Sacristán, que vuelve a pergeñar, una vez más (y a saber cuántas van), un papel memorable como Damián, uno de los grandes misterios de una película llena de ellos.

 

Ha pasado casi una semana desde que vi la película y aún sigo dándole vueltas. Y eso, aunque no hubiese escrito nada en los párrafos anteriores, debería ser argumento suficiente para ver Magical Girl. 

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