Gran Imaginador
septiembre 21, 2021
Cine Series

La violencia como origen: Deadwood y Liberty Valance

Si pensamos en dónde está el origen de las organizaciones sociales humanas, se nos pueden venir varias ideas a las mientes: en las leyes, en la búsqueda del bienestar, en nuestra naturaleza de zoón politikón, que decía Aristóteles, o en la necesidad de establecer las reglas de una vida en común. Y, aunque todas pueden tener su influencia, hay un concepto clave sobre el que pivotan todas nuestras construcciones sociales: la violencia. O, mejor dicho, la necesidad de domeñar la violencia y evitar que la ejerzamos indiscriminadamente los unos sobre los otros. Este origen pulsional está en la base, entre otras razones, de la dominación machista: en una sociedad basada en la violencia, quienes predominan son aquellos que pueden ejercer la violencia física con mayor eficacia, es decir, los hombres.

Si seguimos profundizando en este razonamiento, encontramos que la característica que define de forma inherente e intrínseca a un Estado cualquiera es el monopolio de la violencia. Un Estado puede existir sin leyes, sin democracia, sin opinión pública, sin una organización social y monetaria; pero no puede existir de ninguna manera si se rompe el monopolio de la violencia, y viceversa. De hecho, cuando se habla de “Estado fallido” se alude precisamente a esto: a un Estado que ya no posee el monopolio de la violencia. Podemos encontrar un ejemplo en la Bosnia de los 90. Las diferentes facciones serbia, croata y musulmana crean fuerzas armadas y milicias propias y ajenas al Estado, de tal forma que las matanzas y agresiones mutuas provocan que el país se quiebre. El restablecimiento de la paz vino dado por la imposición de una pax americana a través de la actuación de la OTAN, que supuso el desarme de las milicias y la concentración de la capacidad de ejercer la violencia en la misión aliada.

Este es también el caso de Somalia, que desde 1991 vive en un perpetuo estado de guerra civil. De nuevo encontramos un gobierno cuyas instituciones existen, pero que han perdido el monopolio de la violencia en favor de los señores de la guerra, las milicias islamistas y el Estado no reconocido y separatista de Somalilandia. A día de hoy, Somalia es el ejemplo más claro de Estado fallido. Y un último ejemplo más cercano: la II República española dejó de existir como tal entre el 18 y el 20 de julio de 1936 porque, obviamente, una parte del Ejército se había sublevado y no obedecía las órdenes del mando peninsular; pero también porque el Gobierno de José Giral proveyó de armas a los sindicatos y partidos obreros, de tal forma que el Estado perdió de forma completa el monopolio de la violencia, al menos hasta la llegada a la presidencia de Francisco Largo Caballero.

Pero lo que nos interesa aquí no es una construcción teórica de la violencia como origen de la sociedad, sino la visión sobre esto asunto que podemos encontrar en productos culturales audiovisuales. Y, dentro de estos, es en el género western donde residen los mejores ejemplos, debido a la figura mítica de la “frontera” que recrean estas películas sobre la colonización y civilización del Oeste americano. La Historia nos dice que los mitos de la frontera, la forja y el crisol que, de forma espontánea y debido a las fuerzas vitales de sus habitantes, crean la nación más grande del mundo son, precisamente, eso: mitos. La “conquista del Oeste” fue más un genocidio de los habitantes nativos de esa zona y un expolio de sus riquezas naturales por parte de los grandes financieros del Este que un nacimiento espontáneo de una sociedad nueva a partir del caos. No obstante, como este no es el lugar ni el momento de tratar estas cuestiones, analizaremos a continuación cómo se forman las sociedades modernas a través de una película, El hombre que mató a Liberty Valance; y una serie, Deadwood, ambas pertenecientes al género western.

El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance, John Ford, 1962): En El hombre que mató a Liberty Valance encontramos a un joven abogado del Este, Ransom Stoddard (James Stewart), que llega al pueblo de Shinbone cargado con una maleta llena de idealismo y libros de leyes. No obstante, allí se encontrará con que la comunidad está sojuzgada por un brutal pistolero, Liberty Valance (Lee Marvin), que actúa con impunidad ante la cobardía del sheriff. Solo parece enfrentarse a Valance Tom Doniphon (John Wayne), un pequeño ranchero que se autodenomina «el hombre más duro al sur del Picketwire» y que pretende a Hallie (Vera Miles), una bella muchacha del pueblo. Ransom peleará por el progreso de la comunidad, lo que hará que el enfrentamiento con Valance sea inevitable. Liberty Valance es un estudio sobre la forja de la comunidad. Shinbone es simplemente la probeta donde el experimento tiene lugar, pero los resultados son extrapolables a la sociedad occidental, y además pretenden serlo.

Shinbone es una protocomunidad en la cual encontramos todas las condiciones necesarias para que progrese y se convierta en una sociedad más compleja. Con la llegada de Ransom al pueblo instaura una escuela en la que el abogado enseña a leer a niños y mayores, y donde se hace hincapié en la necesidad de estar educado y de saber leer para escoger las decisiones más adecuadas para los intereses de la comunidad. Esta información la proporciona el Shinbone Star, el periódico local dirigido por Dutton Peabody (Edmond O´Brien), con lo que encontramos otro elemento de las sociedades modernas: un periodismo comprometido y de calidad. El pueblo cuenta también con una serie de servicios y de negocios, entre los que figuran el cenador de los Ericson o el bufete que establece Ransom. Los Ericson, por su parte, representan a la inmigración, una inmigración sana que introduce en la comunidad fuerzas vitales y laborales renovadoras, y apertura de mentalidad, a la vez que agradece y ama al país que los ha acogido. Por último, encontramos el respeto y reverencia a las leyes y, en especial, a la Constitución, y la democracia, una democracia representativa en la que los ciudadanos pueden elegir libremente a delegados que luchen honestamente por sus intereses.

Sin embargo, a pesar de que existen esas condiciones favorables, a la comunidad le resulta imposible desarrollarse debido a la existencia del mal que representa la violencia y la fuerza bruta ejercida indiscriminadamente por Liberty Valance contra los ciudadanos y siguiendo los intereses de los grandes rancheros. Ante la inoperatividad de unas fuerzas del orden que no son capaces de dominar a Valance y sofocar su salvajismo, la única manera que tiene la comunidad de avanzar hacia una sociedad moderna será la comisión del acto violento, la respuesta violenta ante la violencia. Es decir, el asesinato de Liberty Valance. Será a partir de esa muerte cuando el pequeño pueblo anárquico y apartado entrará de lleno en la red de municipios y en la estructura social americana. No entro a juzgar, para bien o para mal, las cuestiones morales que plantea la película sobre este asunto, que son muchas y muy complejas. Solo intento describir este, en parte, ensayo sociológico sobre celuloide que, desde luego, es imprescindible en la historia del cine.

Deadwood (David Milch, 2004-2006): Si el Oeste histórico se pareció a algo, fue a Deadwood: sangriento, violento, embarrado y lleno de orín y miseria material y moral. En Deadwood ya no encontramos que la sociedad adolece de un obstáculo violento para avanzar, como en Liberty Valance; en Deadwood la propia sociedad es el obstáculo violento. Deadwood es un campamento minero enclavado en Black Hills, uno de los últimos territorios indios que no han pasado a ser un Estado de pleno derecho en la estructura federal de Estados Unidos. La acción transcurre a partir de 1881, unos meses después de la derrota absoluta que infligieron los sioux a George Custer y su Séptimo Regimiento de Caballería en Little Big Horn, y algunos de los principales personajes tienen como objetivo conducir el territorio y, especialmente, a Deadwood, hacia la categoría de Estado. Esta es también la intención de Stoddard, Doniphon y Peabody en Liberty Valance, aunque los motivos son muy distintos.

La violencia es condición indispensable para la supervivencia en Deadwood. En una ciudad sin una autoridad competente y en la que existen intereses económicos muy variados (minas de oro, prostitución, alcohol, tráfico de drogas), la violencia es una de las ciudadanas más distinguidas del infernal campamento minero. A partir de la segunda temporada, una serie de personajes principales buscará, como hemos dicho anteriormente, que la ciudad entre en la estructura federal americana, si bien por distintos motivos. Mientras que el doctor Cochran, Seth Bullock o el periodista Merrick se mueven por motivos desinteresados, Sol Star o Charlie Utter quieren un aumento honesto de los beneficios económicos en sus respectivos negocios, y Al Swearengen y Cy Tolliver buscan seguir enriqueciéndose ilícitamente, pero con la cobertura de la ley. Al final, lo que impulsa el proceso político de convertir Deadwood en una ciudad de pleno derecho es una lógica ecónomica, porque al final la violencia es bad for business. Pero la violencia sigue siendo la causa y el origen de la sociedad moderna.

Por supuesto, las teorías sociológicas sobre el origen de las sociedades son muchas y muy variadas, y pueden diferir de esta idea que, humildemente, aquí se plantea. No obstante, nunca es un ejercicio fútil reflexionar sobre dónde están los fundamentos de nuestras estructuras sociales para encontrar sus fallas, y los productos culturales, como reflejos de tiempos y mentalidades, son una herramienta fantástica para hacerlo.

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