Gran Imaginador
enero 19, 2021
Cine

La Novia

Federico García Lorca fue uno de las grandes genios natos de la literatura universal, tanto por la pericia literaria que dominó, deformó y reinventó a placer como por la audacia y la belleza de las ideas y significados que transmitió en su poesía y en su teatro (que no dejaba de ser otra forma de poesía). García Lorca vuelve a estar de actualidad (en realidad nunca ha dejado de estarlo) porque la película que parte como favorita en los premios Goya de 2016 con el mayor número de nominaciones es, precisamente, una adaptación al cine de Bodas de sangre, la primera obra de la trilogía dramatúrgica dedicada a las mujeres del campo andaluz que se completaba con Yerma y La casa de Bernarda Alba.

Es posible que Bodas de sangre fuera la más completa de las tres obras, aunque no necesariamente la mejor. Desde luego, reflejaba al igual que las otras dos los conflictos de aquellas mujeres oprimidas hasta la nulidad, que se veían obligadas a languidecer en amargura y odio por cumplir una determinada tradición o a ser defenestradas socialmente por romperla en busca de su libertad. Pero, además, en Bodas de sangre también supo retratar Lorca en todo su esplendor a esa Españaza tremenda y oscura, llena de mezquindad y odios, que ya se ha comido a sus hijos en varias ocasiones y que, eventualmente, volverá a hacerlo. Al mismo tiempo, los versos lorquianos trascendían las circunstancias locales y conseguían contar una historia universal de amor, odios familiares, pasión, enfrentamiento y búsqueda de libertad.

En La Novia, la directora Paula Ortiz tiene el acierto de centrarse más en la primera característica y en la última, y dejar más en el fondo la segunda. Habría sido tentador resaltar los paralelismos nacionales en la trama, o ambientar en un lugar muy determinado, muy «flamenco», su película, a través de los paisajes, los trajes y una música de guitarra reveladora, y no habría estado mal. Pero la autora prefiere acudir a la inmortalidad del relato sin situar su película en un lugar o un tiempo concreto, precisamente todo lo contrario: a la narración le importa más bien poco todo aquello que no sean sus personajes. Las mujeres se llevan la palma en la película, tanto la esposa de Leonardo, como la Madre y la Novia. Leticia Dolera es la mujer de Leonardo, aparentemente la más frágil de todos, pero terrible cuando las circunstancias le hagan serlo. Luisa Gavasa roba sus minutos en pantalla interpretando a la Madre, una mujer llena de odio y sed de venganza, que dinamitará todo aquello que desea su hijo. Y, finalmente, Inma Cuesta borda a la Novia y sabe expresar su pasión, sus ansias, sus remordimientos y su tristeza con muchísima dulzura y sutileza.

Esa huida de lo contingente para centrarse en lo necesario, en lo esencial, ha sido tan redonda porque la directora parece plantearse su película, no como una adaptación de una obra de teatro, sino como la conversión a la pantalla de un poema. Si La Novia se hubiese estrenado en la época de la gran crítica francesa, habrían corrido ríos de tinta sobre la validez estética de una propuesta que pretende trasladar el medio poético al cinematográfico. Afortunadamente (en este caso), esos tiempos pasaron y más que preguntarnos si es posible tal metamorfosis, simplemente daremos por hecho que lo ha conseguido y disfrutaremos con ello.

Porque La Novia, al igual que Bodas de sangre, es poesía ligeramente disfrazada de otra cosa. Poesía en sus diálogos, que son los versos de Lorca, y poesía en sus imágenes. Todo el estilo del paisaje desértico y la fotografía luminosa es una maravilla, así como ciertas escenas como la del baile en la boda, el idilio entre Leonardo y la Novia o el combate final entre los dos pretendientes. También abunda en símbolos e imágenes la obra de Paula Ortiz, como el caballo negro de Leonardo, tan rampante como la virilidad de su dueño, los puñales de cristal o la imagen de los miembros del triángulo amoroso tumbados en la hierba que se repite. Por su parte, la música de Shigeru Umebayashi sale del taconeo y la guitarra española que se asocia por inercia al drama lorquiano para inventarse una partitura que, sin olvidar del todo estos elementos, se desvincula totalmente de lo que se podría esperar y ayuda muchísimo a esa idea de universalidad que reviste La Novia.

Sin duda, la mayor virtud de la película, más allá de dirección, interpretación, fotografía, etc, es haber captado ese ente tan esquivo conocido como la «esencia» o el «espíritu» de la obra original. El metraje respira la sensualidad, la poesía, la pasión y la sangre que recorre toda la obra de Federico García Lorca y, sin duda, este es el mayor elogio que se le puede hacer a La Novia.

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