Gran Imaginador
julio 31, 2021
Cine

Julieta

Una de las virtudes de Pedro Almodóvar como autor, que contribuye a aumentar el interés por su cine, es que la crítica no suele unificar sus opiniones con respecto a sus películas. Excepto en casos obvios como Volver (por obra maestra) o Los amantes pasajeros (por rematadamente mala), las opiniones que se vierten alrededor de sus trabajos se polarizan: siempre están los incondicionales del manchego, los que defienden a capa y espada cada filme, y los otros incondicionales, los que esperan como agua de mayo cada estreno almodovariano para afilar sus plumas. Y esa capacidad, repito, de encantar y contrariar a partes iguales es sumamente estimulante.

Su última película, por supuesto, no podía ser menos, y aquí venimos a aportar nuestro granito de arena al debate. En términos generales, Julieta es una buena película. No está al nivel de los grandes títulos del cineasta, pero tampoco es, ni mucho menos, un mal trabajo. Pedro Almodóvar es ya un artesano exquisito y la película tiene una factura visual y estética impecable. El uso del primer plano como constante retórica para centrar la atención en el mundo interior de los personaje es ejemplar y hallazgos cinematográficos como el plano bajo la toalla en el que se produce la transición entre Adriana Ugarte y Emma Suárez demuestran que Almodóvar no solo domina a la perfección los rudimentos de su oficio, sino que es capaz de crear alguno nuevo de forma brillante. El trabajo actoral es también bueno, tanto por parte de la Julieta joven (Ugarte) como la Julieta mayor (Suárez), y Rossy de Palma brilla como secundaria en un personaje extraño muy del gusto del manchego.

Sin embargo, algo falla en este juguete preciosista, y lo hace desde la misma forma de abordar la película y, más concretamente, la expresión de los sentimientos de los personajes, especialmente Julieta. Se habla de la «contención» a la que Almodóvar ha obligado a sus actores, con el fin de intelectualizar la exteriorización del mundo interior de los pobladores de su mundo. Es esta una senda que ya transitó el manchego en La piel que habito, y tanto en esta como en aquella no funciona: el resultado es frío. No me opongo, para nada, a esta concepción del drama árido, filosófico y parco en la toma de contacto con las emociones (por ejemplo, Magical Girl), pero al cine de Pedro Almodóvar no le sienta nada bien.

Tampoco ha favorecido a la película que su material de partida sean tres relatos de Alice Munro a los que se les ha dado una cohesión ad hoc. Es paradójico que la secuencia del tren sea el segmento más estimulante del filme, el que mejor funciona como fragmento autónomo, y que sea también la que menos aporte al conjunto. Onírica, intensa, bella y sugerente, sí, pero en el total de la película el señor que se tira a las vías y el ciervo vienen muy poco a cuento.

Pero el mayor problema de Julieta, y es una tara en la que se sustenta toda la base del filme, es el poco desarrollo de la relación madre-hija. Cuando Antía se va de casa, retiro espiritual con gente de sospechosa fe incluido, no hemos visto nada anteriormente que nos llegue a explicar, o incluso a anticipar, que esa niña está sufriendo un dolor suficientemente intenso como para dar ese giro tan radical a su vida. Y, además, las pocas razones que se dan se catalizan a través de dos conversaciones, una con el personaje de Inma Cuesta y otra con el personaje de Michelle Jenner, que son eminentemente expositivas y no aportan nada más que la explicación, y constituyen un recurso narrativo más bien perezoso. Algo parecido ocurre con ese final al vuelo, que se resuelve por el mero hecho de que Julieta recibe una carta. La película hubiese brillado muchísimo más si se hubiera podido disfrutar de otro giro visual sencillo y, a la vez, genial como el de la toalla.

Como conclusión, y en la línea de lo que decíamos al principio de la polémica que levanta cada película de Almodóvar, conviene relativizar: ya quisieran muchos firmar una obra menor del director manchego. Si sus filmes causan decepción en ocasiones es porque las expectativas son altas y las exigencias, también. Y no merece la pena enzarzarse en discusiones pseudocinéfilas: lo verdaderamente cinéfilo es ir al cine a disfrutar.

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