Gran Imaginador
octubre 25, 2021
Cine

Hasta que llegó su hora

Si hay un aspecto formal del lenguaje cinematográfico que está olvidado y marginado de los análisis textuales, ese es la banda sonora. Son muy pocos los estudios pormenorizados de cómo las bandas sonoras influyen en la construcción narrativa de una película. No es mi intención realizar aquí un análisis textual sistemático (no es ni momento ni lugar), pero sí quiero acercaros la que, a juicio de lo que un servidor conoce, es la mejor banda sonora del cine. La historia del cine rebosa compositores y bandas sonoras, y son muchas las ocasiones en las que la música de una película ha elevado la calidad de la misma por sí sola. Puedo pensar aquí en los sugerentes sonidos sintéticos de Vangelis en Blade Runner; en la música galopante de Elmer Bernstein en Los Siete Magníficos; en los escalofriantes violines de Bernard Hermann en Psicosis; en la siniestra trompeta que tocaba las primeras notas de la melodía de El Padrino, compuesta por Nino Rota; o en el bellísimo tema final de El último mohicano, de Randy Edelman y Trevor Jones. Sin embargo, no conozco un caso en el que la belleza de la música y su utilidad en la narración se conjugaran de forma tan brillante como en Hasta que llegó su hora, dirigida por Sergio Leone y con banda sonora del gran Ennio Morricone.

Hasta que llegó su hora (C´era una volta il West, Sergio Leone, 1968) es la obra cumbre del spaguetti-western. Fue filmada en la época de máximo esplendor del subgénero nacido en Europa, y pertenece a ese western crepuscular que también estaban trabajando directores como Sam Peckinpah o Don Siegel. Leone rinde aquí homenaje al cine del Oeste clásico y, a la vez, contribuye a la autolapidación del género. El argumento es el siguiente: Jill (Claudia Cardinale) es una prostituta de Nueva Orleans que se ha casado con un granjero viudo, Brett McBain. Sin embargo, cuando llega a la granja descubre que la familia McBain ha sido brutalmente asesinada. Aunque las pruebas apuntan a que el responsable es Cheyenne (Jason Robards), un bandido local, existen intereses en las tierras de McBain por parte de un magnate del ferrocarril, el señor Morton (Gabrielle Ferzetti), y del diabólico pistolero que lo secunda, Frank (Henry Fonda). En este escenario, aparecerá un misterioso pistolero que recibe el nombre de Harmonica (Charles Bronson), porque siempre toca este instrumento. Harmonica y Cheyenne se aliarán con la viuda Jill para enfrentarse al ferrocarril.

La obra maestra de Leone es una película de ritmo lento y ceremonioso. Los biógrafos de Leone y los analistas le pusieron epítetos del estilo «una ópera de violencia», y afirmaban que esa cadencia característica quería asemejar la respiración de una persona que agoniza. Retórica aparte, lo cierto es que la música es fundamental en la construcción de ese ritmo, pero también en la construcción de la relación de los personajes con su entorno y entre ellos. Cada uno de los cuatro personajes principales (Jill, Cheyenne, Harmonica y Frank) tiene asignada una composición propia, un leitmotiv que los acompaña siempre que aparecen con distintas variaciones pero manteniendo una estructura musical fija. Además, otras composiciones terminan de enriquecer el aparato musical de la película. A continuación analizaré algunas de ellas:

La escena inicial: Curiosamente, una de las escenas más brillantes de la película está construida basándose en un elemento de la banda sonora que suele pasar desapercibido: el sonido ambiente. No hay música, sino una serie de ruidos que acompañan a los tres personajes de aspecto amenazador que esperan en una estación: sobre el sonido constante de un molino desengrasado, oímos cajas fuertes que se cierran, una gota de agua que va cayendo sobre un sombrero, el zumbido de una mosca, el crujido de los huesos de un personaje y, por último, el rugido atronador del tren que llega. De ese tren bajará el personaje a quien los tres facinerosos han estado esperando, y se produce el primer duelo. El ritmo de toda la película queda establecido en esta larguísima secuencia prólogo (dura catorce minutos): los rituales que preceden a la violencia se extienden en el tiempo, mientras que el acto violento en sí se agolpa en apenas unos segundos. Además, es una declaración de principios, una expresión de la voluntad iconoclasta de la película dentro del género. Dos de los personajes que esperan están intepretados por Jack Elam, legendario y prolífico secundario del western, y Woody Strode, el actor negro habitual de John Ford, y al final de la escena son asesinados. Una de las leyendas que se cuentan sobre la película es que Leone quería volver a juntar a Clint Eastwood, Eli Wallach y Lee Van Cleef (el Bueno, el Feo y el Malo) para esta escena y matarlos. Estos, obviamente, se negaron. Aunque yo no termino de creerme que esto sucediera, sí que sirve para expresar lo que Leone pretendía con Hasta que llegó su hora.

Il grande massacro: El segundo gran momento de la película es el asesinato de la familia McBain, que sirve para presentar a Frank. Leone utiliza esta escena de forma muy inteligente y juega con el público de su época. La narración nos muestra cómo el padre y dos de los hijos son acribillados por tiradores que no vemos. Cuando el crimen está perpetrado, aparecen en el fondo de la imagen cinco figuras que se van acercando a la cámara, pero cuyos rostros aún no reconocemos. La cámara se aproxima por detrás al líder de la banda y realiza un giro para mostrarnos los ojos azules de Henry Fonda. Imaginemos el impacto de esta revelación en un público acostumbrado a ver a Henry Fonda siendo el adalid del Bien, interpretando a leyendas americanas como Frank James, Wyatt Earp, Tom Joad o el mismísimo Abraham Lincoln. La música ha acompañado todo el movimiento de Frank y su banda y ya nos da las claves musicales que acompañarán al villano durante toda la película: los acordes de guitarra y la melodía que se repetirá en el duelo final.

https://www.youtube.com/watch?v=wf0KwkbIHgc&list=PL8FF0B58AB9C73DDE

L´America di Jill y Un letto troppo grande: Estas composiciones constituyen dos ejemplos en los que se desarrolla el tema musical de Jill, la verdadera protagonista de Hasta que llegó su hora. En el cine de Leone, los personajes son eminentemente masculinos y la presencia de mujeres es meramente testimonial. Ni siquiera aparecen como floreros, como en las películas de James Bond. Jill es una excepción. Los personajes masculinos de la película giran en torno a ella, y ella es la única con futuro, la única que no está predestinada a ser consumida por la codicia, por la venganza o por el avance de la civilización. Es más, sobre ella se construyen los cimientos de la nueva ciudad, de la nueva América. Claudia Cardinale, además de estar superlativamente bella (con ese aspecto de Madonna italiana), bordó el papel que Sergio Leone le regaló. Su tema musical, interpretado por una soprano acompañada de violines y xilófonos, es suave y delicado, no tiene nada que ver con las violentas composiciones que acompañan a Frank o Harmonica. Además, se convierte por extensión en el tema principal de la película, y aparece siempre que hay un plano general de las ciudades o del campo. Jill es América.

https://www.youtube.com/watch?v=u_Z-ocSoYkI&list=PL8FF0B58AB9C73DDE

Armonica: Charles Bronson pergeñó el mejor papel de su carrera en Hasta que llegó su hora. El personaje de Harmonica trabaja el mismo concepto que los anteriores westerns de Leone, es decir, el del antihéroe misterioso, sin nombre pero con mucho pasado. Sin embargo, al contrario de lo que ocurría con Clint Eastwood, Bronson no tiene salidas cómicas, por lo que Harmonica es un personaje mucho más oscuro que cualquiera de los de Eastwood. El sempiterno acompañamiento de la armónica subraya y conforma el carácter misterioso e, incluso, fantasmagórico del personaje, que aparece y desaparece de forma silenciosa de la escena y siempre parece saber lo que va a ocurrir. La segunda parte de la composición es reconocible: es la misma que ya acompañaba a Frank. Queda ya establecido que ambos tienen un destino conjunto, como veremos más adelante.

Cheyenne: El tercer hombre en discordia se ve involucrado en la trama cuando intentan culparle por el asesinato de la familia McBain. El bandido ayudará a Jill debido a que su olfato le indica que puede haber mucho dinero de por medio pero también, aunque no lo quiera admitir, porque se preocupa por ella y le tiene cariño. Le recuerda a su madre que fue, como él mismo dice, «la puta más grande de Alameida y la mejor mujer que vivió nunca». Los motivos de este personaje no son la venganza, como en el caso de Harmonica, o la codicia, como Frank; él persigue vivir libre, según sus propias reglas, y sentirse vivo a cada momento de su existencia. El tema musical, con ese banjo juguetón, va acorde con la personalidad de Cheyenne y se aleja del carácter brutal de Frank y de la sobrenaturalidad de Harmonica. Además, este tema arropará en el cumplimiento a Cheyenne, el último de los bandidos románticos. El último romántico, si me apuran.

Morton: Aunque su importancia en la obra es menor, Morton también posee un tema musical propio. El magnate del ferrocarril fue interpretado por el prestigioso actor teatral Gabrielle Ferzetti. En palabras del biógrafo de Leone, sir Christopher Frayling, tener a Ferzetti era como contratar a Laurence Olivier para hacer un western. Aunque Morton es uno de los villanos, no deja de tener un componente trágico, pues se trata de un personaje atrapado entre su desmedida ambición y la debilidad física que le produce la enfermedad degenerativa que le corroe. Ferzetti interpretó con mucha convicción a Morton, convirtiéndole en un elemento casi shakespeariano. El tema musical es bellísimo, y prácticamente evoca ese Océano Pacífico que Morton ansía ver antes de morir.

Come una sentenza: Esta composición no está asociada con ningún personaje, sino que constituye el preludio del duelo final que enfrentará a Harmonica y Frank. Harmonica está esperando mientras talla un pedazo de madera y, cuando Frank aparece, comienza a sonar el Come una sentenza en el que predominan las trompetas, que habían estado ausentes toda la película. Las trompetas en Leone significan muerte, y el simbolismo de la escena subraya su propio carácter luctuoso. En efecto, Frank aparece como el jinete vestido de negro y que monta un caballo pálido, como la Muerte en el Apocalipsis de San Juan. En este caso, no se trata tan solo de la muerte de uno de los dos duelistas, sino que el significado trasciende a todo el género del western. Es la muerte de la frontera, de lo salvaje, que quedan arrollados por el tren, por la civilización. Escuchen el himno de Morricone.

El duelo: Los temas musicales de Frank y Harmonica se terminan de entrelazar en este enfrentamiento final. Al igual que en la secuencia prólogo, los rituales previos a la violencia se extienden muchísimo. Los dos contendientes tardan en colocarse, y se están mirando fijamente durante mucho tiempo. Además, los recuerdos de Harmonica irrumpen en flashback y nos explican por qué busca vengarse de Frank. La razón de que esta larga escena, que dura ocho minutos, funcione es la composición, que suena dos veces. No solo sostiene las acciones, sino que además crea una sensación de tensión en el espectador casi insoportable. El desenlace se producirá, de nuevo como en el principio, de forma precipitada, culminando la sublime construcción de la escena.

Finale: Es el tema final de la película, y ya está totalmente impregnado por Jill. La propia Jill aparece acogiendo a los trabajadores del ferrocarril, dándoles agua. La cámara sube y nos muestra la perspectiva de la nueva ciudad que se está construyendo al paso del tren. La civilización, apoyada en Jill, ha llegado. Como curiosidad, hay que decir que este es el tema que se utiliza en el Santiago Bernabéu en los minutos de silencio.

 

Similar Posts

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: