Gran Imaginador
octubre 25, 2021
Cine

Gran Torino

El 6 de marzo de 2008 llegó a España la entonces nueva película de Clint Eastwood, la segunda en ese mismo año tras El intercambio: Gran Torino. El aclamado director culminaba con este trabajo un período de gracia en el que, en apenas cinco años, había firmado cuatro obras maestras incontestables (Mystic River, Million Dollar Baby, Cartas desde Iwo Jima y esta película) y otros dos buenos filmes muy apreciables (la mencionada El intercambio y Banderas de nuestros padres). Pero, sobre todo, en marzo de 2008 presenciamos cómo un autor, uno de los más destacados cineastas del último tercio del siglo XX y de principios de este, alcanzaba la plena autoconciencia de su obra y realizaba un último resumen y, a la vez, homenaje, a sus cincuenta años de carrera en el cine.

Porque el Walt Kowalski que protagoniza el testamento de Eastwood es la última y definitiva evolución del personaje que el director y actor lleva trabajando desde que interpretara a un señor rubio con sombrero, un poncho guarro y medio cigarrillo apagado en Por un puñado de dólares. Con una diferencia: es viejo, terriblemente viejo, y nunca pensó que fuera a vivir tanto, víctima de su propia invulnerabilidad. Kowalski está tan desarraigado como el Rubio, como Josey Wales, como el Predicador, y tan incómodo con su paternidad como William Munny o como Frankie Dunn, pero mucho más débil que todos ellos para luchar con el mundo que le rodea. En algún momento de su vida, Kowalski decidió no cabalgar en dirección a la puesta de sol, rumbo a lo desconocido, y esa elección le pesa.

Una voz desgarrada, tan desgarrada como su corazón, y una fortaleza que, sabemos, es solo coraza que cubre dolorosas grietas es lo único que ha quedado del jinete solitario, sorprendido de sobrevivirse a sí mismo. Y si, además, sumamos al desconcierto de la vejez y de la raigambre la confusión cultural de verse rodeado por sus vecinos Hmong, el cóctel es explosivo. La impertérrita y legendaria mirada ya no se dirige a enemigos que están a punto de morir, a bandidos como Ramón Rojo, sheriffs opresivos como Little Bill o empresarios déspotas como LaHood, sino a chavales pandilleros que están tan asustados de esa torre canosa que les acribilla con los ojos como el propio Kowalski lo está de ellos.

Sorprendentemente, y afortunadamente, en medio de la desconfianza, de la desazón, de la soledad, aparece la fe. Fe en que un joven Hmong se pueda convertir, contra todo pronóstico y contra su ambiente social, en una buena persona, y fe, a su vez, en que ese niño pueda traer a Walt de vuelta al mundo del amor, al mundo de los vivos. Y, con la fe (esa otra vieja amiga de la filmografía de Eastwood, siempre protagonista por su presencia o por su brillante ausencia) aparece, como un susurro, como una lejana sugerencia, la posibilidad de la redención.

Estas ideas están puestas en escena con la habitual elegancia de Eastwood. Paradójicamente, un director que aprendió su oficio de la mano de dos de los cineastas más modernos de su época, Don Siegel y Sergio Leone, es el último representante del clasicismo «clásico», el de John Ford, frente a neoclasicistas como George Clooney o Kevin Costner. Su cámara siempre está donde debe estar, sin que se note su presencia. Bien sea acompañando o bien plantándose y dejando que los actores trabajen, el trabajo de Eastwood y su equipo es de una finura que roza la perfección. Por poner un ejemplo, la fantástica escena en la que los pandilleros pasan con su coche por delante de la casa de Walt y este les reduce a cenizas con la mirada está construida de tal forma que no parece que haya transición entre los contraplanos en movimiento, de la pura suavidad con la que se producen los cortes.

También es dueño el director de la simbología visual, tanto en el uso de las luces y las sombras como en el de los elementos del decorado. Sirvan como ejemplo la escena tras la violación, en la que Kowalski se sienta solo en su casa con el rostro crispado bañado en un significativo contraste entre luz y sombra, o las formas que dibuja sobre su cuerpo desgarrado la puerta enjaulada de su sótano.

Y, como en todo, al final llega el final. El último pistolero se planta delante de los malhechores para hacer justicia. Son cinco para uno, pero siempre queda la esperanza. Al fin y al cabo, lleva cincuenta años siendo invulnerable y, por un momento, pensamos que su pistola va a relampaguear una última vez, como antaño, y va a despachar a sus contrincantes. Pero, como hemos dicho, Walt Kowalski es un homenaje, no una copia, y en su vejez decide que el camino es otro. Ahora sí, la fe brilla con fuerza y el fantasma de la redención adquiere un bello cuerpo. Y el héroe, tendido en el suelo de la imaginería cristiana, alcanza su merecido descanso. Adiós, Clint.

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