Gran Imaginador
marzo 5, 2021
Cine

Estética para unos Oscar

Por fin, tras la habitual y agotadora carrera de todos los años, se entregaron esta madrugada los Oscar en el Dolby Theatre de Los Ángeles y, como siempre, hay opiniones para todos los gustos. En una gala en la que los premios han estado bastante repartidos entre Spotlight, El renacido y Mad Max: Fury Road (esta última ha arrasado en las categorías técnicas), no han faltado las sorpresas, las predicciones cumplidas y los momentos para la historia de los premios. Emmanuel Lubezki consiguió su tercer Oscar consecutivo en la dirección de fotografía, y es el primero en hacer algo parecido, Mark Rylance dejó a Stallone sin su premio al mejor actor de reparto contra pronóstico, Cate Blanchett tampoco pudo entrar en el selecto club de intérpretes con tres Oscar y Leonardo DiCaprio, para deleite de todo el respetable mundial, se llevó su primer Oscar, veintidós años después de su primera nominación, en una de las categorías cantadas del año. Eso sí, todo esto no fue más que un bonito ornamento al Oscar a la mejor banda sonora original para Ennio Morricone, leyenda viva del cine que a sus respetabilísimos ochenta y siete años (camino de ochenta y ocho) se fundió en un abrazo con el otro maestro, John Williams, y recogió emocionado un reconocimiento que, por fin, la Academia le otorgaba. Morricone es una de las personas vivas que más ha influido en el cine moderno (mucho, muchísimo más que DiCaprio) y esta gala ha sido la suya.

Pero yo en realidad quería hablarles de Alejandro González Iñárritu, que conseguía ayer su segundo Oscar consecutivo al mejor director, algo que solo habían conseguido en esta categoría John Ford y Joseph L. Mankiewicz. No se llevó, eso sí, la estatuilla por El renacido, ya que Morgan Freeman leyó con un cierto tonillo de sorpresa el nombre de Spotlight. No era lo más esperado, sobre todo teniendo en cuenta que el único Oscar hasta el momento que tenía era el de mejor guion original, pero tampoco se trató de algo totalmente imprevisible. Al fin y al cabo, El renacido no es una película que destaque especialmente por su historia, y en este sentido el empaque de Spotlight y el conjunto entre guión, actores y dirección es más sólido. Se ha reproducido más o menos la misma dicotomía del año pasado entre Boyhood y Birdman, de nuevo con Iñárritu como protagonista, aunque quizá con un calibre menor: una película más clásica frente a otra más barroca, una propuesta equilibrada frente a otra esteticista. Y si el año pasado ganó el exceso, este año le ha tocado el turno al ascetismo narrativo de Spotlight y Tom McCarthy.

Y no importa, así como tampoco importa especialmente la hazaña de Iñárritu con sus dos Oscar consecutivos. Es decir, es importante porque entra en un club muy selecto y por el hecho de que un mexicano (ayudado por su compatriota Lubezki) ha conquistado Hollywood, pero en términos artísticos no es lo principal. Lo principal en la cuestión artística es que la Academia ha reconocido el estatus de autor que Alejandro G. Iñárritu se ha ganado a pulso. Comentaba mi compañero Jaime Rodríguez-Conde en su artículo sobre El renacido la espectacular tanda de planos secuencia con la que empieza la película, en esa batalla campal contra los indios. Pero no solo es en esta primera parte de la película donde la cámara sigue a los personajes sin cortar, sino que se trata de una tónica que el mexicano mantiene durante todo el metraje.

Y lo importante no es la habilidad del director para componer esos planos secuencia, que por otra parte son absolutamente magistrales, sino que con ese tipo de contar su película está haciendo una elección estética. Cuando Iñárritu decide que, en vez de cortar en montaje para hacer un plano/contraplano y mostrar el punto de vista del personaje, su cámara lo que va a hacer es circunvalar al actor y ponerse alternativamente delante y detrás de él, o abandonarle y después recogerle, está decidiendo utilizar el lenguaje del cine de una determinada manera y no de otra. Y cuando ya son varias ocasiones en las que ha decidido narras así, es porque ha encontrado un estilo.

Así pues, Alejandro González Iñárritu se ha convertido en un cineasta del movimiento, un cineasta que elige contar sus historias a través de la fluidez de su cámara y no del ritmo de su montaje, como ya hicieran en su momento Orson Welles, Laurence Olivier, el Kenneth Branagh shakespeariano, Roberto Rossellini o, a ratos, Martin Scorsese. Y El renacido, al igual que Mad Max, responde a un modelo narrativo dinámico, es decir, la historia de la película es puro movimiento al mostrarnos esa persecución a través de la nieve, pero Birdman era un ejemplo de estatismo (transcurre en los pocos metros cuadrados de un teatro) y, aún así, el mexicano se apañó para contar la historia sin detener el movimiento. Es decir, que es capaz de adaptar las formas narrativas que a él le gustan a cualquier tipo de relato.

¿Por qué, repito, son decisivas estas cuestiones estéticas que rodean al cine del director de 21 gramos? Porque en un mundo lleno de buenos artesanos al servicio de interminables franquicias, también necesitamos autores, e Iñárritu parece encontrarse en su mejor momento en esta condición, redondeada además por el hecho de que participa en sus guiones y, por tanto, decide sobre sus historias. Y el estilo de Iñárritu tiene fallas también, como bien comentaba Jaime Rodríguez-Conde en el mencionado artículo. A veces se le va la mano con la grandilocuencia y el onirismo y el resultado se acerca peligrosamente a lo risible, pero eso, al igual que todo lo demás, es solo una característica de su forma de hacer cine y puede gustar o no, pero ahí está.

Por todo esto, es una buena noticia que la Academia haya sabido ver y reconocer la importancia que tiene el cine de Alejandro González Iñárritu en el panorama actual al concederle su segundo Oscar consecutivo al mejor director. Ahora solo nos queda esperar a ver con qué nos vuelve a maravillar el director.

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