Gran Imaginador
octubre 25, 2021
Cine

El plano secuencia: quién te ha visto y quién te ve

De un tiempo a esta parte, parece que el plano secuencia es el no va más del cine. Todos los directores buscan elevar la calidad de su película con el plano secuencia más largo y rebuscado posible y, si es posible, pasar a los anales de la Historia del Séptimo Arte o, lo que es lo mismo, a los artículos y vídeos recopilatorios de long takes. El paroxismo de esta moda llegó, por supuesto, con el Óscar a la mejor película y a la mejor dirección para Birdman, película que está rodada en un solo plano. Sin desmerecer en absoluto la habilidad requerida para tomar un plano de estas características, me gustaría afirmar, como ya he hecho en otras ocasiones, que la importancia estética de un plano secuencia, y de cualquier otra forma narrativa en cine, estriba no tanto en su complejidad técnica como en la adecuación a aquello que se quiere contar. Y dicho esto, hagamos un pequeño repaso a la historia del plano secuencia.

Como con tantas otras cuestiones en cine, el francés André Bazin, padre de la crítica moderna y fundador de los Cahiers du cinéma, es uno de los primeros autores en definir el plano secuencia y postularlo como forma narrativa. Concretamente, Bazin lo llamaba «plano total» y su concepción de la toma sin cortes era algo distinta de la que existe actualmente. El plano total de Bazin no implicaba necesariamente movimiento, pero sí una variedad de escenarios, que se conseguían a través de una focal corta que permitiera ampliar lo máximo posible la profundidad de campo. Así, tomas largas sin cortes mostraban distintas acciones que ocurrían todas dentro del marco, pero en distintos términos: primer término, segundo término, el fondo, etc. El crítico francés ponía como ejemplo de excelencia en este sentido a Orson Welles, el «descubridor» (o redescubridor) del plano total. Aquí podemos observar una escena de Ciudadano Kane en la que Welles pone en práctica el plano total, ejecutando tan solo un retroceso de la cámara, pero sin cortar en un periodo largo de tiempo y dejando al niño Kane permanentemente en el fondo del escenario:

Otros momentos parecidos a este abundan en esa primera filmografía de Welles, en El cuarto mandamiento o en la propia Ciudadano Kane. También elogia Bazin los logros de otros cineastas como Laurence Olivier, que se guía por los postulados wellesianos en su fabulosa Hamlet, especialmente en la escena de la representación teatral:

Esta afición por el plano secuencia por parte de André Bazin se correspondía con su filosofía del cine, a saber: la pantalla debía mostrar la realidad con la menor adulteración posible, y la labor del cineasta era dotar a la sala de cine de una ventana donde el espectador viera reflejado el mundo y el mayor número de puntos de vista que se pudieran obtener. No en vano el crítico francés fue el más acérrimo defensor del neorrealismo italiano. Esta concepción del plano secuencia como plano total tuvo su continuidad, y podemos apreciar otros ejemplos en el cine de John Ford, sin ir más lejos, en el plano que ya analizamos aquí, o recientemente en películas como La isla mínima (la escena en la que descubren los cadáveres).

No obstante, la idea de Bazin (al igual que el propio neorrealismo) pronto evolucionó, y el plano secuencia dejó de ser un reflejo de la realidad para convertirse en un trasunto de la mirada del autor. Fue el mismo Orson Welles quien ya realizó ese cambio, con el hiperbólico plano secuencia con el que comienza Sed de mal y en el que seguimos a un coche que lleva una bomba de relojería dentro. No solo consigue alcanzar grandes dosis de suspense, sino que además la escena muestra el estilo y la forma de mirar del orondo autor.

Otro caso de un director que hizo suyo el plano secuencia y lo convirtió en una forma personal de narrar fue Luis García Berlanga, que utilizó larguísimos planos a través de los cuales daba rienda suelta a todo el humor ácido y la mala leche que rezumaban sus filmes, tanto antes como después de la muerte de Franco. Además de él, cineastas muy dispares lo han usado con mayor o menor fortuna y con intenciones más o menos claras, y solo por citar algunos ejemplos podemos remitirnos a la escena de la entrada a Copacabana en Uno de los nuestros, de Martin Scorsese; las entrañas de la televisión en Magnolia, de Paul Thomas Anderson; o la persecución en el estadio de fútbol de El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella.

En los últimos 25 años, no obstante, ha surgido un último objetivo estético para el plano secuencia, precisamente un uso diametralmente contrario al que André Bazin había imaginado: el plano secuencia espectacular. El objetivo de este tipo de plano secuencia no es reflejar la realidad, transmitir una mirada o un sentimiento. Es, simplemente, apabullar. Dejar sin habla al espectador, y si es con una escena de acción, mejor. John Woo lo consiguió con la escena del hospital en Hard Boiled, donde vemos a Chow Yun-Fat y Tony Leung despachando alegremente a los matones que han tomado el centro médico sin cortes durante varios minutos.

https://www.youtube.com/watch?v=3bozxgVQ9m0

También el cine coreano se atrevió con planos secuencia inverosímiles, como la escena del pasillo en Oldboy, y Joe Wright alcanzó en Expiación un altísimo grado de complejidad en la toma de la playa de Dunkerque, donde los protagonistas van, vienen y se pierden entre tanto soldado varado.

Incluso el cine con menos pretensiones intelectuales se ha subido al carro del plano secuencia espectacular, y prueba de ello son los Vengadores de Joss Whedon, que ha convertido las larguísimas tomas de acción en las que aparecen todos los miembros del equipo sacudiendo estopa en una de sus señas de identidad. El último ejemplo de este tipo de toma en el cine de acción es Spectre, cuyo brioso primer plano deja sin aliento.

Tras este sucinto repaso a la historia del plano secuencia, lo cierto es que realmente es una de las formas narrativas más fructíferas e imaginativas del cine y, para qué engañarnos, en una pantalla grande queda sencillamente espectacular. Por ello, y siempre que esté correctamente utilizado y ejecutado, y ya sea tanto en cine como en TV, lo cierto es que siempre querremos ver algo más largo, más difícil y mejor ejecutado.

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