Gran Imaginador
julio 31, 2021
Cine

El desencanto

Es curioso lo caprichosas que pueden llegar a ser las obras maestras, las joyas del cine. A veces están ahí, refulgentes, listas para transmitir su mensaje, para maravillar con su factura, para cambiar la vida, aunque sea por unas horas, de aquellos que la ven. Pero deciden esconderse, ocultarse bajo la forma de una película de bajo presupuesto, de una película nicho o de una película «descatalogada». O de un documental en blanco y negro, como el caso que nos ocupa.

El desencanto, dirigida por Jaime Chávarri en 1976, parece un documental al uso. Pobre, incluso, hecho con pocos recursos. La imagen es en blanco y negro y los protagonistas de la película aparecen en simples conversaciones cogidas en plano medio. No obstante, esos aparentes impedimentos (que no son tantos gracias al trabajo fino y casi imperceptible de Chávarri) se ven totalmente eclipsados por lo que nos enseña el documental.

El desencanto tiene como protagonista a la familia Panero-Blanc. La viuda y los descendientes del poeta del régimen Leopoldo Panero se reúnen más de una década después de la muerte del patriarca para rendirle un homenaje en Astorga, pero también para diseccionar los entresijos de una familia decadente, rota. Así, vemos a los tres hijos, Juan Luis, Leopoldo María y Michi Panero, derrochando nihilismo, locura, crueldad y añoranza de infancia perdida.

El documental funciona en tres niveles, tan compleja es su aparente sencillez. Por un lado, tenemos a las personas individuales, específicas, que forman la familia Panero. Los tres hijos son tan brillantes como frustrados, desorientados y alcoholizados. La locura campa a sus respetos por el pabellón familiar astorgano, y los tres hijos sufren las secuelas del odio sordo, como un dolor latente, hacia el padre lejano, violento y ausente, y de la influencia de una madre anulada por el marido y fría como el hielo cuando este murió. La película se centra en su primera mitad en los hermanos mayor y menor, Juan Luis y Michi, y en su relación con la madre, pero llega un momento en que la presencia de Leopoldo María aglutina toda la atención y desplaza la de sus hermanos, conscientes también del carisma decadente y derrotado de uno de los poetas más personales y brillantes de la generación de los novísimos. «Yo considero el fracaso como la más resplandeciente victoria», es la bandera de este hombre que conoció cárceles, manicomios y la más absoluta incomprensión.

Pero El desencanto también trasciende a sus propios protagonistas y se convierte, en su segundo nivel, en un análisis de la familia como institución, con sus mentiras, con sus recuerdos (los buenos y los verdaderos) y sus lazos deshilachados por el tiempo. Además, se entrecruzan estas reflexiones con otras más generales sobre la muerte, el alcohol o la infancia perdida.

Por último, la película también efectúa un discurso en el plano histórico, ya que daba cuenta (en el año 1976) de la destrucción del régimen franquista, encarnado por Leopoldo Panero padre, y en la orfandad en que se ven sumidos sus hijos que, a pesar de odiarle y a pesar desear su desaparición, no saben qué hacer sin él. Así, Jaime Chávarri logra filmar uno de los testimonios, uno de los relatos más finos y melancólicos sobre unas personas, sobre una familia y sobre un país que ha dado el cine español.

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