Gran Imaginador
junio 14, 2021
Deporte

Béla Guttman y la maldición del Benfica

El próximo 14 de mayo los jugadores del Sevilla saltarán al terreno de juego del Juventus Stadium de Turín para enfrentarse al Benfica sabiendo que todas las apuestas estarán a su favor. Podrían ser favoritos por la calidad de sus jugadores, por la racha de juego o por tener a la grada de su favor pero, en verdad, en todos estos aspectos los equipos se encuentran muy igualados. Existe algo superior a todo esto, algo que puede tomarse a risa pero que puede ser una de las causas por la que el equipo portugués lleva más de 50 años de sequía en torneos a nivel europeo. Estamos hablando de la “maldición de Guttman”.

Béla Guttman

Béla Guttman nació en Budapest, en el Reino de Austia-Hungría, el 13 de marzo de 1900. En 1919 comenzó su carrera como jugador de fútbol profesional, llegando a ser internacional por Hungría en cuatro ocasiones, incluyendo unos Juegos Olímpicos. Guttman fue un trotamundos y se enfundó la camiseta de 7 equipos hasta que colgó las botas. Empezó en el MTK Hungária FC, del que se marcharía por el creciente antisemitismo que se vivía en esos tiempos en Hungría. Su destino fue Viene, concretamente el Hakoah Vienna, un equipo integrado exclusivamente por futbolistas judíos, con el propósito de expandir el sionismo. Su carrera como publicista del sionismo terminó cuando, tras una gira del equipo por Estados Unidos, decidió quedarse allí. En el país americano vistió las zamarras de cinco equipos, incluido de nuevo el Hakoah, esta vez de Nueva York. En Estados Unidos llevó una vida difícil, frecuentó locales de bebidas alcohólicas en plena prohibición y se arruinó en el crack del 29. En 1932 colgó las botas y volvió a Europa, donde su vida siguió ligada al fútbol, pero esta vez desde los banquillos.

Guttman es fundamentalmente conocido por su labor como entrenador en multitud de equipos de todo el mundo. Empezó su nueva carrera en el banquillo del ya mencionado Hakoah Vienna, desde donde se marchó a Holanda para dirigir al Sportclub Enschede. Sus primeros éxitos llegaron en su Budapest natal, donde se hizo con la Liga y con la Copa Mitropa, la primera gran competición internacional de clubes, que disputaban los equipos de Europa Central y cuya historia abarca hasta 1992. La Guerra Mundial trastocó la vida de todos los europeos, incluido Guttman y el mundo del fútbol. Acabada la contienda, entrenó en Rumanía y en Hungría, donde coincidió con un joven Puskas en el Budapest Honvéd, hasta llegar a Italia. Padova y Triestina fueron su trampolín al Milán, después de una breve parada en el APOEL de Nicosia y en el Quilmes en Argentina. En el AC Milán no consiguió ningún título en su primera temporada. En la segunda iba camino de alzarse campeón de la Serie A cuando fue destituido. En su despedida del club milanista dejó una de sus famosas frases: “He sido despedido aun cuando ni soy un criminal ni un homosexual.” De nuevo, se sentó durante cortos espacios de tiempo en distintos banquillos del mundo, incluyendo un año en el Sao Paulo brasileño, hasta que le llegó otra gran oportunidad, esta vez en Portugal.

Guttman fue contratado en 1958 por el Oporto, al que consiguió hacer campeón de Liga con su táctica del 4-2-4. Su temporada no fue ignorada por sus máximos rivales, el Benfica, que le ofrecieron hacerse cargo del club. De esta manera comenzó la época más laureada de las águilas. Guttman permaneció en Lisboa 3 años, donde consiguió 2 títulos ligueros y una Copa de Portugal. En su primera temporada ganó la Liga, lo que le permitió jugar la Copa de Europa el siguiente año. La Copa de Europa había sido creada en 1955, y en sus primeros cinco años de existencia sólo conocía un ganador: el Real Madrid. Con este panorama, los merengues partían claramente como favoritos, pero cedieron su favoritismo al Barcelona, que les derrotó en octavos de final. El Benfica fue quemando etapas hasta que se encontró en la final de Berna frente al FC Barcelona. El equipo catalán tenía una plantilla de ensueño, con gente como Ramallets, Garay, Kubala o Luis Suárez. El Barcelona se adelantaba en el marcador en el minuto 20 con un gol de Kocsis, que fue respondido a los 10 minutos por Águas para igualar el marcador. Dos minutos después, Ramallets cometía un error y se introducía el balón en la portería. Con este resultado los equipos se marchaban al vestuario. En la reanudación, el Benfica ponía tierra de por medio con el gol de Coluna en el minuto 55. El Barcelona se lanzó a la desesperada y consiguió recortar distancias con un gol de Czibor, pero se les agotó el tiempo y el marcador lucía el 3-2 definitivo. El Barça con un autogol, y habiendo estrellado cuatro balones a los postes, se quedaba sin trofeo continental. Tras cinco años de reinado madridista, el Benfica se convertía en el segundo equipo que levantaba la Copa de Europa.

La tercera temporada en el club lisboeta no empezó tan bien, a pesar de haber conseguido la contratación de un joven africano desconocido que jugaba en el CD Maxaquene (Mozambique). Ese joven mozambiqueño se llamaba Eusébio da Silva Ferreira y pasó a la historia como uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. A pesar de ello, el Benfica sólo pudo acabar tercero en la competición doméstica, pero se pudo colar en la final europea, por segundo año consecutivo. En Ámsterdam les esperaba el Real Madrid pentacampeón, que todavía mantenía en plantel a varios de los campeones como Di Stéfano, Puskas y Gento, y contaba en el banquillo con el mítico entrenador Miguel Muñoz. El cuadro de las águilas llegaba al último encuentro tras haber sufrido en las dos eliminatorias anteriores. De la ida de cuartos de final volvió con un marcador de 3-1 en contra. El resultado era bastante malo para la vuelta, pero en Lisboa consiguieron endosarle un 6-0 al FC Nürnberg, lo que le permitía llegar a semifinales. Allí, debían enfrentarse a una de las sorpresas del torneo, a los ingleses del Tottenham que debutaban en la Copa de Europa. La ida se jugó en Lisboa y dejó lo que parecía un marcador plácido para la vuelta, 3-1 se impuso el Benfica. Pero, en Londres, los británicos estuvieron a punto de dar la sorpresa. Sólo les faltó un gol para forzar la prórroga. Por su parte, el Real Madrid había superado los octavos de final con un resultado global de 12-0 frente al B 1913, un equipo que en la actualidad juega sus partidos en la Tercera División Danesa. En las semifinales, el Madrid tuvo que llegar a los penaltis para deshacerse del Juventus, tras repetirse el 1-0 en ambos campos. El Real Madrid llegaba a las semifinales a enfrentarse al Standard de Lieja habiendo superado a uno de los mejores equipos del campeonato. Los belgas no fueron rivales para los merengues y la eliminatoria acabó con un resultado global de 6-0.

Aunque el Madrid se presentaba en la final de Ámsterdam habiendo superado con mayor autoridad las eliminatorias, el encuentro se presentaba igualado. El partido empezó con un dominio total del Real Madrid, que se encontró en el minuto 23 con un 2-0 a favor, con goles de Ferenc Puskas, al que había entrenado Guttman en el Budapest Honvéd. A los dos minutos del segundo gol, José Águas recortaba distancias, para que 10 minutos después Domiciano Cavém empatara el partido. Ningún equipo se guardaba nada en un encuentro alocado y, antes de llegar al descanso, Puskás completaba su triplete para dejar el marcador en un 3-2 a favor de los madridistas. En la reanudación sólo hubo un equipo. En el minuto 51 Mário Coluna igualaba de nuevo la contienda. 15 minutos después, Eusebio transformaba un penalti para colocar al Benfica por primera vez por delante en el marcador. Eusebio necesitó tres minutos más para colocar el definitivo 5-3 en el marcador, que daba al equipo lisboeta su segunda Copa de Europa, además de manera consecutiva. Béla Guttman ya era un ídolo para todos los aficionados de las águilas, y era considerado uno de los mejores entrenadores del mundo.

Cuando el Benfica parecía un paraíso idílico llegó la tempestad. Se cuenta que Guttman, antes de disputar la final europea, habló con la directiva en búsqueda de un aumento de su salario. Tras la consecución del triunfo, las negociaciones no llegaron a buen puerto y el técnico decidió marcharse del club en el que había permanecido tres temporadas y al que había llevado a lo más alto. Fue en este momento cuando Béla Guttman pronunció su famosa, histórica y fatídica frase: “Sin mí, en los próximos cien años, el Benfica no volverá a ser campeón europeo”. Béla Guttman se marchó a Uruguay a entrenar al Peñarol y siguió dirigiendo a distintos clubes de distintos países (Suiza, Grecia, Austria y Portugal). Pero la maldición al Benfica, parece que también le llegó a él, ya que no volvió a ganar un título. En 1973 dejó en fútbol y en 1981 murió en Viena, donde fue enterrado, a los 82 años de edad.

La maldición del Benfica

Las palabras de Guttman se tomaron a risa en Lisboa. No era para menos, ya que en la temporada siguiente a su marcha el club se volvió a colar en la final de la Copa de Europa. Entrenados por Fernando Riera, el Benfica dibujó una buena trayectoria hasta llegar a la final de Wembley, donde les esperaba el AC Milán que venía de golear en todas las eliminatorias. En las filas milanistas se podían encontrar jugadores de la talla de Cesare Maldini o Giovanni Trapattoni. El partido empezó muy bien para los portugueses, que en el minuto 18 se adelantaban con el tanto de su estrella, Eusébio. Con el 1-0 se marcharon al descanso, con la sensación de que el Benfica tenía controlado el partido. Ya en la segunda parte, pasaban los minutos y la afición de las águilas se venía arriba. Pero en 10 minutos fatídicos el Milán daba la vuelta al marcador. Dos goles de José Altafini, en el minuto 58 y 66, ponían por delante a los italianos y, pese a las intentonas de los lisboetas, el resultado ya no se iba a mover más. Los rossoneri conseguían la primera de las siete máximas coronas continentales que tienen en sus vitrinas.

Dos temporadas después, el Benfica se colaba de nuevo en la final,  después de haber hecho una temporada brillante, en la que había llegado a golear al Real Madrid con un 7-3 de resultado global en cuartos de final. La final se disputaba en el Giuseppe Meazza contra el equipo local, el Inter de Milán. De nuevo un equipo de la capital de Lombardía se encontraba en el camino del Benfica. En esta ocasión, el equipo portugués estada dirigido por Elek Schwartz. En el equipo interista, se encontraba Luis Suárez, al que ya se había enfrentado el Benfica en su primera final continental cuando éste jugaba en el FC Barcelona. El partido, marcado por la incesante lluvia y el mal estado del terreno de juego, se decidió con un solitario gol de Jair da Costa cuando el partido ya iba camino del descanso. Además, el Benfica tuvo un hándicap añadido ya que tuvo que disputar toda la segunda parte con un hombre menos por la lesión del meta Costa Pereira. En estos años todavía no existían los cambios, por lo que el defensa Germano de Figueiredo se colocó en la portería. Nada pudo hacer el Benfica frente a la defensa orquestada por el manager Helenio Herrera y con el 1-0 el Inter de Milán se llevó la Copa de Europa.

En la temporada 67/68, ya con una plantilla muy diferente pero en la que permanecía el gran Eusebio, el Benfica volvía a una final de la Copa de Europa en la que ya sí se admitían cambios. Para ello había tenido que derrotar al Juventus en semifinales. El Manchester era el otro finalista, que había hecho lo propio con el Real Madrid, al que ganó por 1-0 en Inglaterra y con el que empató a tres en la capital española. El Manchester estaba liderado por el líder Bobby Charlton. En el banquillo inglés se encontraba Matt Busby, mientras que en el Benfica Otto Gloria quería reeditar los éxitos de Guttman. El partido fue muy igualado durante el tiempo reglamentario, que terminó con el marcador reflejando un 1-1. Todo cambió en la prórroga, donde el cansancio acumulado pasó factura. Dos goles del Manchester United en el minuto 93 y 94 sentenciaban el partido, a lo que se sumó la puntilla en el minuto 99, obra de Bobby Charlton, que colocaba el definitivo 4-1. De nuevo el Benfica caía en una final europea, la tercera desde la marcha y maldición de Guttman. Por el contrario, el Manchester sumaba su primer título continental.

20 años tuvieron que pasar antes de que el Benfica se colara en otra final de la Copa de Europa, que cambió su nombre por Copa de Campeones de Europa. Antes, en la temporada 82/83, había conseguido llegar a la final de la Copa de la UEFA, que se disputaba a doble partido y en la que calló por un global de 2-1 ante el Anderlecht. Ya eran cuatro las finales perdidas. El Benfica llegaba a la final de Stuttgart con un equipo sin grandes estrellas pero en el que destacaba el buen grupo formado y en el que se encontraba Silvino Louro, ahora famoso por ser el entrenador de porteros de José Mourinho. Como maestro de ceremonias estaba Toni Oliveira. Frente a ellos un equipo liderado desde la banda por Guus Hiddink y desde el campo por Ronald Koeman, el PSV Eindhoven. En el camino hasta la final, el Benfica tuvo la oportunidad de revancha ante su verdugo en la Copa de la UEFA, el Anderlecht. Mientras que el PSV se deshizo en semifinales del Real Madrid de la Quinta del Buitre por el valor doble de los goles fuera de casa. Nos encontrábamos ante un duelo de máxima igualdad, una igualdad que quedó patente durante todo el partido y que llevó al encuentro hasta los penaltis por el resultado de 0-0. La tanda fatídica fue cruel con el equipo portugués. Todos los jugadores iban cumpliendo con su obligación ante el gol hasta llegar al 5-5. Era el turno de Anton Janssen por el bando holandés. El delantero no falló, por lo que pasaba toda la presión a Antonio Veloso. El defensa falló su penalti y convirtió al PSV en campeón de Europa. De nuevo el Benfica veía como un equipo conseguía su primer máximo trofeo continental ante sus narices.

Dos años después el Benfica llegó de nuevo a la final de la Copa de Campeones de Europa en lo que sería su última final de la máxima competición continental hasta la fecha. Lo hacía tras dejar atrás cinco derrotas en finales europeas, cuatro en la Copa de Europa y una en la UEFA. En esta ocasión el partido se disputaba en Viena y ante un viejo conocido, el AC Milán. Las águilas querían revancha de la final perdida y ya de paso acabar con la maldición de Guttman. El Benfica no había hecho grandes eliminatorias, mientras que el Milán había tenido que deshacerse del Real Madrid y el Bayern Munich, era el temible Milán de Arrigo Sacchi. En las filas milanistas había un gran elenco de estrellas: Tassotti, Costacurta, Baresi, Paolo Maldini, Ancelotti y los holandeses Rijkaard, Gullit y van Basten. Por el contrario, el Benfica no contaba con ningún fuera de serie, el más famoso del equipo era el entrenador, el sueco Seven-Göran Eriksson. Antes del partido, aprovechando que Béla Guttman estaba enterrado en Viena, una delegación del club lisboeta, encabezada por Eusebio, se acercó a su tumba para entregarle flores y pedirle que acabara con la maldición y les dejara ganar el partido ante el Milán. Parece ser que las flores no fueron del gusto del difunto Guttman y que el Milán se hizo con su cuarta corona continental gracias a un gol en el minuto 68 del talentoso Frank Rijkaard. Eran seis ya las finales perdidas, y la maldición de Guttman seguía en pie. El Benfica no ha vuelto a llegar a una final de la Copa de Campeones, pero el año pasado tuvieron la oportunidad de deshacer el maleficio en la Europa League (antigua Copa de la UEFA).

El Benfica, tras más de 20 años sin estar en una final europea, conseguía clasificarse para la final de la Europa League. El último partido no se jugaba en cualquier lugar, se disputaba en Ámsterdam, el último escenario donde el Benfica había levantado un trofeo continental, la segunda Copa de Europa de su historia ante el Real Madrid. La ocasión era la más propicia para volver por sus fueros. En frente tenían al Chelsea, el todavía campeón vigente de la Liga de Campeones de la UEFA (antigua Copa de Campeones de Europa). El Chelsea venía en horas bajas, después de haber sido eliminado en la fase de grupos de la Liga de Campeones. Para remontar el vuelo, el equipo londinense había contratado al técnico español Rafa Benítez, con experiencia tanto en la Premier League como en competiciones europeas. El Benfica había resuelto sus eliminatorias sin complicaciones, mientras que el Chelsea sólo lo había pasado mal en cuartos de final frente al Rubin Kazan. El Chelsea contaba con una plantilla contrastada, acostumbrada a los grandes partidos, mientras que los jugadores del Benfica tenían menos experiencia. En las filas inglesas destacaban los David Luiz, Lampard, Torres, Mata o Cech, por los portugueses las estrellas eran Matic, Rodrigo u Óscar Cardozo, entrenados por Jorge Jesus. Fue un encuentro igualado, Fernando Torres adelantó al Chelsea en el minuto 60 pero, sólo 8 minutos después, Cardozo igualaba el partido. El partido iba camino de la prórroga, habiendo entrado ya en los minutos de añadido, pero la maldición iba a hacer su actuación. En el minuto 93, un gol del defensa Branislav Ivanovic finiquitaba el partido. El Chelsea se hacía con la segunda competición de clubes del continente por primera vez en su historia y el Benfica acumulaba su séptima final europea perdida de manera consecutiva.

Algo menos de 50 años quedan para que los 100 años de sequía que auguró Béla Guttman lleguen a su fin. El 14 de mayo el Benfica tendrá una gran oportunidad. Podrá acabar de una vez por todas con la maldición o aumentarle con una octava derrota consecutiva. Puede ser que la maldición se le fuera de las manos a Guttman ya que, como se dijo anteriormente, él tampoco consiguió volver a ganar algún título, de hecho volvió al Benfica en la temporada 65/66 y se volvió a casa de vacío. Habrá que esperar a que Iker Jiménez analice la potencia de las velas negras de Béla Guttman.

Actualización 1 de enero de 2021: El Benfica perdió aquella final contra el Sevilla en penaltis después de que el tiempo reglamentario acabara con 0-0 en el marcador. La maldición de Béla Guttman pervive.

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